En la privacidad de la exclusiva zona residencial, Clara Serrano se secaba las lágrimas con un pañuelo de seda, quejándose y sollozando amargamente.
De por sí era una mujer atractiva, pero su obsesión por el cuidado personal y el uso de fórmulas secretas para la piel que obtenía por medios especiales, la hacían lucir mucho más joven de lo que realmente era. Emanaba una innegable aura de mujer rica y mimada.
Especialmente esos ojos que, por naturaleza, inspiraban lástima. Cada vez que parpadeaba, desprendía una fragilidad que conmovía a cualquiera.
En ese momento, con los ojos llenos de lágrimas de dolor, se veía tan vulnerable e indefensa que era imposible no sentir el impulso de rodearla con los brazos y consolarla.
Valeria había heredado este talento a la perfección, por lo que fingir debilidad y hacerse la víctima le resultaba extremadamente natural.
—Clara, mi amor, claro que quiero a nuestra hija en la empresa. De hecho, mi plan original era darle un puesto cómodo y seguro.
—Pero, por el reciente escándalo de la rueda de prensa, la reputación de la empresa sufrió un golpe y los accionistas están muy inconformes.
Al decir esto, Eduardo la abrazó con ternura y le explicó pacientemente:
—En cuanto las aguas se calmen, le daré un buen lugar a Vale y haré que sus hermanos la guíen.
—Eduardo, Vale es una chica muy trabajadora. No necesita un puestecito de adorno. Lo que debe tener es un lugar clave, en un departamento principal, donde pueda demostrar de lo que está hecha.
Aunque Clara se dejó abrazar y consolar, no cedió ni un centímetro y continuó reprochándole:
—Antes también prometiste meterla a la empresa en una buena posición y terminaste dejándola ir al mundo del espectáculo. Ya ves que no le fue nada bien.
Hacía mucho tiempo que Clara había intentado, por todos los medios, infiltrar a su hija en las divisiones centrales del Grupo Moreno, para así enterarse de los secretos de la empresa.
—¿Qué les importa a los accionistas? Tú eres el director general, tu palabra es la ley y no tienen derecho a cuestionarte.
—Las cosas no funcionan así, mi vida. Soy el jefe, sí, pero debo manejar a la junta con tacto, de lo contrario habría una guerra interna.
Eduardo suspiró con impotencia. —Solo dame un poco más de tiempo. Déjame hablar con ellos y calmar las aguas.
—Luego buscaré el lugar ideal para que Vale pueda afianzarse en la compañía sin problemas.
—Siempre dices lo mismo, ¿cuántas veces tengo que escucharlo? —le reclamó Clara empujándolo un poco, fingiendo estar resentida—. ¡En el fondo, te importa más la hija que tuviste con Sara!
Por lo general, Clara era dócil y complaciente sin importar qué le pidieran. Era la primera vez que se encontraba con un Eduardo intentando darle largas al asunto.

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