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Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada romance Capítulo 424

Silvia Jiménez tenía un cutis impecable, con mejillas ligeramente sonrosadas y una tez de porcelana que brillaba bajo la luz del sol con un resplandor casi perlado.

Sus rasgos faciales eran delicados y perfectos, con cejas finamente arqueadas, ojos expresivos que desbordaban encanto, una nariz respingada y labios carmesí. Todo en ella desprendía el aura de una verdadera belleza de la alta sociedad.

Cada uno de sus movimientos gritaba elegancia y linaje impecable.

Un porte y una distinción tan sobresalientes no eran producto del azar.

Evidentemente, provenía de una familia extremadamente poderosa, educada desde la infancia bajo las normas de etiqueta más estrictas, adornada con las joyas y vestidos de diseñador más exclusivos.

Había sido instruida por los mejores maestros del mundo, pulida día a día hasta convertirse en la heredera perfecta, una mujer cuya sola presencia parecía sacada de una revista de lujo.

Una punzada de envidia y resentimiento atravesó el corazón de Valeria.

Frente a una verdadera heredera nacida en la cuna de oro de una familia tan prominente, ella, como «niña adoptada», se sentía minúscula.

Después de todo, Valeria no había nacido ni crecido en el seno de la familia Moreno.

Esa tal Silvia Jiménez irradiaba un aura de superioridad absoluta, como si ninguna otra mujer en el mundo pudiera compararse con ella.

Esa actitud de inalcanzable, de flor inmaculada, le resultaba verdaderamente repugnante a Valeria.

Fingiendo indiferencia, Valeria tomó asiento con naturalidad y, mientras seguía las instrucciones de la maestra Jimena, intervino en la conversación:

—Usted debe ser la señorita Jiménez, ¿verdad? Mis hermanos me han hablado mucho de usted, siempre mencionan lo hermosa y talentosa que es.

—Verla en persona confirma que es aún más bonita de lo que imaginaba. Además, sus movimientos al servir el té son tan fluidos y elegantes. Es un placer verla.

Valeria siempre había tenido el don de la palabra; sabía endulzarle el oído a la gente.

Gracias a esa habilidad había logrado ganarse el cariño de la familia Moreno y mantenerlos comiendo de la palma de su mano.

Por supuesto, aunque sus palabras eran pura miel, por dentro estaba hirviendo de envidia.

—¿Y tú quién eres? No recuerdo haberte visto nunca.

La chica sentada al lado de Silvia era claramente su fiel seguidora y secuaz.

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