—¡Pero si trabajan en el mismo lugar, sin importar el cargo! Eres demasiado humilde, Silvia.
—De cualquier forma, yo los apoyaré incondicionalmente a ti y a Liam. Esos rumores con actrices no son más que inventos, no debes preocuparte.
—Y no solo soy yo quien se opone; estoy segura de que la madre de Liam también rechazaría rotundamente esa locura.
Para la anciana, la existencia de Alba y esos rumores con su nieto no pasaban de ser chismes mediáticos sin fundamento.
En el mundo del entretenimiento, no era ningún secreto que muchas celebridades harían lo que fuera por pescar a un heredero millonario.
Pero, por lo general, eso nunca sucedía con tanta facilidad, y estaba convencida de que su nuera tampoco lo aceptaría.
Por lo tanto, Doña Matilde no tenía de qué preocuparse.
—Entendido, Doña Matilde. Confío en usted y haré lo que me diga.
Silvia mantenía una postura impecable, serena y sin perder la compostura. Su voz era pausada, increíblemente dulce y dócil.
Era exactamente el tipo de chica que adoraban las suegras y abuelas; su perfil era sumamente codiciado en la alta sociedad.
Joven, hermosa y talentosa, con un carácter gentil. Tenía todo a su favor: una educación privilegiada, una familia de renombre y encarnaba a la perfección el ideal de la señorita de alta alcurnia.
¿Qué familia no estaría encantada de recibir a una mujer así?
—Ese muchacho malagradecido de Liam... le dije que viniera hace dos horas y aún no aparece. ¡Ni siquiera me ha regresado la llamada! ¡Me va a matar del coraje!
Doña Matilde sabía perfectamente que su nieto rebelde no iba a volver, dejando en claro su intención de seguir resistiéndose al compromiso.
Aunque él hubiera roto el acuerdo por su cuenta, si ni ella ni la familia Jiménez lo aceptaban, el compromiso seguía en pie.
Tendría que llamar a su nuera, Susana Mendoza, y exigirle que sacara tiempo para venir.
Al escuchar a la señora mencionar al tío Gregorio, la mirada usualmente plácida de Silvia se enturbió con un destello de una emoción indescifrable.
Gregorio Góngora era muy amigo de su padre y solía visitar la residencia Jiménez en secreto.
Silvia sabía muy bien que la relación entre Liam y Gregorio, aunque cordial en apariencia, era un nido de víboras plagado de traiciones y guerras silenciosas.
Al final, así eran las dinámicas dentro de las élites millonarias.
No solo ocurría en dinastías de la talla de los Góngora; hasta en la familia Jiménez, o en familias menos prominentes, las puñaladas por la espalda eran el pan de cada día.
El único problema era que, si algún día se convertía en la señora Góngora, la cercanía entre su padre y el peor enemigo de su esposo sin duda pasaría factura en su matrimonio.
Por lo tanto, Silvia empezó a sopesar seriamente de qué lado tendría que posicionarse.

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