Aunque hablaba poco y mantenía la cabeza ocupada en el rescate de Tamara, Alba jamás bajaba la guardia.
Pronto se dio cuenta de que la ruta que estaba tomando el sujeto no tenía sentido.
Incluso sin conocer el área, era evidente que el hombre la estaba desviando.
En lugar de ir hacia el pueblo, parecía adentrarse en la zona más desolada y salvaje del monte.
—Disculpe, creo que no vamos por buen camino. Quiero bajarme —dijo Alba, probando las intenciones del conductor.
El hombre jamás se imaginó que una muchacha de ciudad, que parecía tan frágil, tuviera instintos tan afilados y se diera cuenta de la trampa.
—No puedo parar ahora. Mejor quédese ahí sentadita, le prometo que la llevaré a donde tiene que ir.
*¿Y qué si se da cuenta?*, pensó el hombre. *En medio de la nada, nadie podrá escuchar sus gritos. Ni un milagro la salvará de mis manos.*
Con su agudo sentido de la percepción, Alba captó al instante el cambio de tono del sujeto. Era obvio que no pensaba dejarla ir.
Su rostro, habitualmente sereno, se tornó frío como el hielo.
—¿Y si insisto en bajarme?
—Si tantas ganas tiene de bajarse, entonces paro —respondió el hombre, quitándose finalmente la máscara de buen samaritano.
Detuvo el motor del triciclo.
Se bajó y miró a la hermosa joven de piel radiante, esbozando una sonrisa repugnante y morbosa.
—Ya detuve el vehículo, ¿y ahora qué? Si no la llevo yo, jamás saldrá viva de aquí sola.
—De noche, este lugar se llena de víboras y sabandijas. Y no faltan las bestias salvajes. Mejor pórtese bien y complázcame.
—Si colabora con este pobre viejo y me hace pasar un buen rato, le juro que la saco sana y salva. ¿Qué le parece?
Mientras intentaba inútilmente esquivar los puñetazos, gritó aterrorizado:
—¡Tú... tú quién diablos eres!
Alba soltó una risa desdeñosa, ignorando su pregunta mientras lo seguía castigando sin piedad.
En un santiamén, el hombre quedó con la cara destrozada, sangrando por varios cortes.
Al verse acorralado, intentó contraatacar. Se abalanzó sobre ella tratando de agarrarla, pero Alba lo esquivó con un elegante giro, haciendo que el anciano tropezara y cayera de bruces al suelo polvoriento.
Sin darle tregua, ella se montó a horcajadas sobre su espalda y le rodeó el cuello con las manos, apretando con fuerza.
El hombre pataleaba y manoteaba desesperado, intentando arrancar las manos de la joven, pero su fuerza era monstruosa.
—¿Te... te atreves a matarme? —balbuceó el viejo, ahogándose—. ¡Esta es mi zona! ¡Si me matas, tú tampoco saldrás viva de aquí!

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