Al ser pateada fuera de la oficina, Valeria cayó pesadamente al suelo. ¡Sintió que todos los huesos de su cuerpo se habían hecho pedazos!
Una mirada cargada de odio puro y malicia cruzó por sus ojos.
¡Ese maldito infeliz se atrevía a humillarla de esa manera!
En ese instante, toda esperanza de recuperar a Mateo se desvaneció por completo.
Entendió que ese hombre jamás volvería a consentirla como antes.
Siendo así, ¡no le importaba en absoluto si él desaparecía de la faz de la tierra!
De todas formas, su verdadera madre, Clara Serrano, llevaba mucho tiempo planeando la caída de los hermanos Moreno.
Si antes se había opuesto al plan de su madre, era solo porque Mateo aún la mimaba y le resultaba útil.
Pero si él se atrevía a golpearla y pisotearla de esa forma...
¡Que se preparara, porque se las iba a pagar muy caro!
A esa hora de la tarde, la mayoría de los empleados de ese departamento estaban en reuniones o fuera de la oficina, y el despacho de Mateo estaba en el área más aislada.
Por suerte, nadie la vio en esa situación tan humillante.
Valeria se puso de pie a toda prisa y se alejó cojeando, aterrorizada de que alguien la descubriera.
Tampoco pensaba contarle lo sucedido a Isaac, ni mucho menos a Doña Sara.
Sabía perfectamente que, si intentaba hacerse la víctima, ese perro rabioso de Mateo revelaría su verdadera cara ante todos.
Cuando Alba intentó advertirles en el pasado, la familia se negó a creerle.
Pero si era Mateo quien hablaba con seriedad, al menos sembraría la duda en ellos.
Valeria no podía permitirse que su máscara cayera frente al resto de la familia, así que tendría que tragarse su orgullo por ahora.
Una vez que hablara con su madre, encontrarían la forma de darle una lección a ese bastardo.

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