Valeria hablaba con tanta pasión que terminó conmoviéndose a sí misma.
Incluso se le humedecieron los ojos, lista para derramar unas lágrimas por su propio discurso sacrificado.
—¿Ya terminaste de hablar?
Justo cuando Valeria iba a añadir algo más, la voz fría y cortante de Mateo rompió su monólogo.
—Hermano, yo...
El tono gélido de su voz le heló la sangre. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Antes de que pudiera terminar la frase, sintió una presión brutal en su cuello. Unas manos la habían agarrado con una fuerza asfixiante.
Abrió los ojos desmesuradamente, aterrorizada, intentando zafarse, pero era como una niña pequeña tratando de escapar de las garras de una fiera.
—Maldita víbora descarada. ¿Acaso creíste que todo lo que te dije la última vez era una broma?
Mateo ya venía con el orgullo pisoteado y la sangre hirviendo tras su encuentro con Alba.
Y ahora, esta estúpida se le ofrecía en bandeja de plata para desatar toda su ira. No dudaría en usarla como su saco de boxeo.
Valeria no podía respirar. Su rostro se puso de un rojo intenso, casi morado, y su expresión se retorció en una mueca de desesperación.
Ese rostro hinchado y deformado la hacía lucir absolutamente repulsiva.
Mateo no aflojó el agarre hasta el último segundo, justo cuando parecía que iba a desmayarse.
Al soltarla, Valeria cayó de rodillas, jadeando con violencia, al borde de orinarse encima por el terror.
Tosía y trataba de recuperar el aliento, viéndose más patética que nunca.
Mateo la observaba con asco. Cualquier rastro de la dulce e inocente hermanita que alguna vez creyó ver en ella se había desvanecido.
Ahora solo veía a una mujer fea y nauseabunda.
—Hermano... ¿qué hice mal? ¿Por qué me tratas así?


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada