Patricio finalmente se dio cuenta de que algo andaba mal, y miró a Valeria con el ceño fruncido.
—Valeria, ¿qué es lo que...?
—¡Ya... ya me siento mucho mejor! —Valeria soltó la manga de inmediato, obligándose a enderezarse—. Seguro fue porque... porque caminé muy rápido...
Alba soltó una risa burlona, ya sin ganas de seguir viendo aquel teatro, y dio media vuelta para marcharse.
—¡Alba! —la llamó Patricio de repente—. Yo...
Sin dignarse a mirarlo, Alba le respondió con frialdad.
—Patricio Quintana, no te atrevas a volver a aparecer frente a mí ni frente a mi tía. Si lo haces... atente a las consecuencias.
Tras decir eso, se alejó con paso firme, dejando una estela de frialdad y determinación.
Patricio amagó con ir tras ella, pero Valeria lo retuvo con fuerza.
—Patricio, ¿crees que Alba se enojó? —En los ojos de Valeria brilló una chispa de triunfo.
Alba, ¿cómo pretendes competir conmigo? Patricio es solo mío.
...
Durante los días siguientes, la familia Moreno apareció un par de veces más, pero solo saludaron un rato y se marcharon.
A Lana no le importó. Sabiendo qué clase de personas eran, ni siquiera se molestó en prestarles atención.
Aunque en el fondo, no podía evitar sentir una profunda tristeza.
Le costaba asimilar que su propio hermano hubiera perdido la brújula moral por unas simples acciones de la empresa.
Después de una semana en observación, Lana fue dada de alta al estar completamente estable.
Como ella tenía una casa en la ciudad, decidió irse allí a recuperar fuerzas. Además, el personal doméstico se encargaría de atenderla, lo cual era mucho más cómodo.
Alba no se quedaba tranquila, así que la visitaba con frecuencia.
Tras salir del hospital, Lana llamó a su familia para contarles todo.
Su hija, Frida Zamora, no tardó en regresar del extranjero.
Antes de que pudiera cruzar la entrada principal, una voz cargada de sarcasmo llegó a sus oídos.
—Liam es un muchacho con muchas cualidades, qué lástima... tener que arrastrar ese cuerpo moribundo, vivir así es un castigo.
Gregorio Góngora, el tío de Liam, jugueteaba con un anillo de jade en su pulgar. Su elegante traje claro le daba un aire de hombre culto y pacífico, pero cada una de sus palabras llevaba veneno.
El salón entero quedó sumido en un silencio sepulcral.
—Don Gregorio tiene toda la razón —comentó un pariente lejano con voz temerosa—. Dicen que ese veneno solo lo puede curar la famosa Doctora M. Pero esa mujer es un misterio; nadie sabe dónde encontrarla.
—El abuelo ya está perdiendo la cabeza, dejar el imperio en manos de alguien enfermo... ¿Acaso cree que el legado de los Góngora es un juego? ¿Qué pasará el día que...?
Gregorio dio un sorbo a su té con total elegancia, mientras una sonrisa calculadora se dibujaba en sus labios.
Los demás familiares que lo rodeaban se animaron al ver su actitud, y sus comentarios comenzaron a llenarse de desprecio y quejas hacia Liam.
—Pero escuché por ahí que la Doctora M apareció hace unos días y que incluso operó a alguien. Dicen que es un prodigio de la medicina, a lo mejor aún hay esperanza.
—Si eso es cierto, entonces moveré cielo y tierra para encontrarla y que cure a Liam —dijo Gregorio, destilando hipocresía.

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