Después de la reunión, Tamara y Gabriel se dirigieron a la oficina de Alba Moreno.
—Siento mucho todo esto. Últimamente hubo demasiados asuntos en la empresa que requerían mi atención y he estado muy ocupada para invitarlos a comer y que pudiéramos conocernos mejor —dijo Alba mientras le pasaba una taza de café a Gabriel, con una expresión de disculpa.
Siendo recomendados por Liam Góngora, ella confiaba plenamente en ellos y jamás cuestionaría sus capacidades.
Solo que todo había sido tan apresurado que no tuvieron tiempo para una cena privada y romper el hielo.
—Albita, ya tenemos mucha confianza, no hace falta que seas tan formal —dijo Tamara, sentándose con naturalidad a su lado, y no pudo evitar quejarse un poco—. Yo también soy tu flamante asistente de alta gerencia, ¿por qué no me ofreces un café a mí?
—Cierto, contigo ya hay confianza, pero con el señor Ferrer todavía necesitamos interactuar más.
Alba miró a su amiga con cierta incredulidad.
Decía que había confianza, pero igual le exigía su bebida.
—De verdad no hace falta tanta formalidad. Y tampoco es necesaria una comida privada, de lo contrario, tu celoso empedernido podría explotarme el teléfono a llamadas —sonrió Gabriel, bromeando un poco.
Antes no sabía que Liam Góngora tenía esa faceta. Siempre pensó que era del tipo de hombre imponente, frío y dominante.
Nunca imaginó que aquel hombre no solo fuera un mandilón, sino que se comportara como un perrito faldero rogando atención.
Y mucho menos había descubierto su lado celoso hasta ahora.
—Ejem, no le hagas caso a sus tonterías —se sonrojó Alba, sintiéndose un poco avergonzada.
¿Qué le habría dicho ese torpe hombre?
En cuanto volviera a casa, definitivamente tendría que darle una lección.
—Bueno, de ahora en adelante puedes llamarme Gabriel. O por mi nombre completo, si prefieres.
Así cierto individuo no se pondría a inventar celos.
—De acuerdo —asintió Alba, comprendiendo la indirecta.
Una vez que las cosas quedaron claras, la conversación fluyó y rápidamente entraron en confianza.

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