Deslizó y deslizó, revisando por un buen rato, pero no encontró absolutamente nada interesante.
Todo se resumía a anuncios, campañas y publicaciones compartidas del trabajo.
Trabajo, trabajo y más trabajo.
¿Acaso el tipo era un adicto al trabajo?
—Espera un momento, ¿no me digas que ese infeliz me dio su cuenta de trabajo?
—¿Qué te pasa? Siento como si ustedes dos ya se conocieran de antes —comentó Alba levantando una ceja.
Por el tono de su amiga, parecía muy interesada en Gabriel.
—No lo conozco. Si lo conociera, no me habrían faltado ni sus contactos. —Tamara hizo un puchero, luciendo derrotada—. Pero, bueno, yo diría que es un tipo que se deja ver bastante bien, aunque ese carácter que tiene, ¡uf!
Después de soltar esa queja, pareció recordar algo y le preguntó a Alba:
—Oye, tú tienes agregado el WhatsApp de Gabriel, ¿no? ¿Me lo dejas ver?
—Claro.
Al tomar el teléfono de Alba y abrir el perfil de Gabriel, Tamara confirmó sus sospechas: ¡ese desgraciado le había dado la cuenta del trabajo!
Con solo ver la foto de perfil se podía notar la diferencia entre la cuenta que había agregado Alba y la que le había dado a ella.
En el contacto de Tamara, la foto era formal hasta decir basta, una imagen sumamente profesional en traje ejecutivo.
En cambio, en la cuenta de Alba, la foto era claramente casual, de su vida cotidiana.
¡Ese hombre odioso!
Era increíblemente mezquino, ¡cómo se atrevía a engañarla un par de veces solo para pasarle un simple número de WhatsApp!
—¿Qué sucede? ¿Tienen algún asunto entre manos? —preguntó Alba, llena de curiosidad.
—Asunto como tal, no. Pero ese infeliz acaba de despertar en mí un instinto de conquista.
—Vaya, vaya, ¿alguien se enamoró?
—Está pasable, es mi tipo.
—¿Y quién era la que decía que quería ser un pájaro libre y sin cadenas, que jamás se amarraría a un solo árbol y que no se quedaría estancada con un solo hombre?
Alba la miró fascinada.

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