En menos de veinte minutos, se escuchó el sonido de un auto frenando bruscamente afuera del almacén.
El crujido de tacones altos pisando la grava vino acompañado del susurro emocionado de una mujer:
—Alba, por fin caíste en mis manos...
La puerta fue empujada de golpe y Valeria, usando unos Jimmy Choo de diez centímetros, entró pavoneándose.
Pero adentro solo había unos sofás viejos y desgastados, sin nadie a la vista.
¡Qué raro!
¿A dónde se habían ido?
En ese instante, desde la entrada del almacén, se escuchó la risa morbosa de varios hombres:
—Este encargo es una maravilla. En cuanto traigan a esa chica drogada, nos vamos a divertir a lo grande.
—Dicen que es una señorita de la alta sociedad, su piel debe ser suavísima...
—¡Así es! Yo también estoy ansioso. ¡Pero dejemos que el jefe sea el primero!
Al escuchar esas voces vulgares, Valeria sintió al instante un mal presentimiento.
¡Maldita sea!
¿Qué había salido mal?
Estos tipos debían ser los matones que Santiago había contratado, pero si ellos ya estaban aquí, ¿dónde estaba la maldita de Alba?
¿Acaso la mocosa de Anita no había dicho que ya la tenía sometida?
¡Maldita sea!
¿A dónde se había metido?
Si esos hombres entraban y la confundían con Alba, ¿qué iba a hacer?
Desesperada, Valeria logró aferrarse a su última gota de cordura y sacó el teléfono rápidamente, enviando su ubicación actual a Mateo, a Pablo, a Isaac y a Patricio.
Y adjuntó un mensaje de voz diciendo: Ayuda.
Valeria no estaba segura de cuál de ellos vería el mensaje.
Pero ya no le quedaba otra opción.
Decidió de inmediato que tenía que salir del almacén ya mismo.
Pero fue demasiado tarde.
Justo en ese momento, la puerta de hierro del almacén se abrió de una patada con un estruendo, y tres hombres con caras de matones irrumpieron.
Por resistirse, Valeria recibió una fuerte bofetada en el rostro; el ardor la dejó viendo estrellas.
¡Malditos cabrones!
¡Qué dolor!
Cicatriz le agarró la barbilla con brutalidad:
—Maldita perra, ¿te atreves a pelear? ¡Ahorita vas a estar rogando piedad entre lágrimas!
Valeria cayó al piso, con una mejilla hinchada, pero aún así insistió:
—Ustedes fueron enviados por Santiago, a la que tienen que secuestrar es a Alba, no a mí. Fui yo quien les pagó para venir, ¿cómo me pueden hacer esto... ¡Ahhhhh!
Antes de que Valeria terminara de hablar, alguien la jaló del cabello por detrás y ella soltó un aullido ensordecedor.
Afuera, Alba escuchaba todo con una sonrisa gélida en los labios.
Tal como lo sospechaba, era obra de Valeria. Pero a cada puerquito le llega su San Martín.
—Valeria, me has puesto tantas trampas que ya era hora de que probaras tu propio veneno —murmuró suavemente, con la mirada helada.
Luego, Alba arregló las cosas con la niña y se marchó.
Dentro del almacén, los gritos aterrorizados de Valeria no cesaban.

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