—¡Achís!
Yolanda soltó un estornudo de la nada. A Andrés no le dio tiempo de esquivarlo y le cayó un poco de saliva en la cara. A Ernesto le tembló el párpado y corrió a pasarle un pañuelo.
—Ay, perdón, abuelo. Quise voltearme, pero no alcancé —dijo Yolanda sorbiéndose la nariz, bastante apenada.
Andrés agitó la mano restándole importancia, se limpió la cara así nomás y volteó hacia Ernesto.
—Tráele una chamarra.
Yolanda sintió que se le ablandaba el corazón.
—Abuelo, eres muy bueno conmigo. Cuando sea grande, te voy a cuidar mucho.
Andrés soltó una carcajada.
—¿Hasta ahora te das cuenta? Entonces, ¿por qué armaste todo ese circo en lugar de venir a pedirme ayuda?
Yolanda se quedó muda y lo miró fijamente.
Andrés le acarició la cabeza.
—¿Cuántas veces te lo tengo que decir? Si alguien te hace algo, ven conmigo. Conmigo no necesitas andar con rodeos.
Yolanda se quedó de piedra. Por fin entendió que su abuelo se había dado cuenta de todo desde el principio y que solo le había seguido la corriente.
Al verla nerviosa, Andrés se apresuró a tranquilizarla.
—No te estoy regañando. Al fin y al cabo, la culpa es mía por no haberte dado la confianza suficiente. Yolanda, escúchame bien: de ahora en adelante, no importa quién te haga menos, dímelo directo. Yo te respaldo.
Yolanda miró el rostro bondadoso del anciano y le preguntó embelesada:
—¿Me vas a creer todo lo que te diga?
En su vida pasada, después de que su abuelo murió, nadie más la defendió. Dijera lo que dijera, nadie le creía.
La verdad es que, después de despertar, había intentado cambiar la opinión que los demás tenían de ella, pero no sirvió de nada. Tal como le había dicho el Librito, ella ya tenía su etiqueta. Aunque no hiciera nada malo, a la primera provocación, todos se le echaban encima.
Tenía que ir sí o sí a Los Laureles, porque era la oportunidad perfecta para acercarse a Carmen. Necesitaba poner a su prima de su lado.
Por otro lado, no podía quedarse tranquila respecto a Claudia. Su instinto le decía que su madre ya estaba mostrando sus verdaderos colores, y no podía dejar que una bomba de tiempo se quedara cerca de su abuelo.
Con las reglas de su personaje en su contra, llevaba mucho tiempo sin que nadie confiara en ella. Por eso siempre pensaba que necesitaba pruebas para que su abuelo le creyera. Pero tal como él había dicho, no tenía que ser tan complicado; podía ser sincera con él. Su abuelo era poderoso y seguro sabría cómo arreglarlo.
—Abuelo, ¿de verdad me vas a creer? ¿Aunque suene como una locura sin sentido? ¿Aunque no tenga ni una sola prueba? —La mirada de Yolanda se volvió firme, como si acabara de tomar una decisión importante.
Andrés asintió.
—Si mi niña lo dice, le creo.
—Abuelo, la verdad es que yo soy ****************.
¡¿Le habían censurado las palabras?!
Yolanda se quedó boquiabierta.
Pero lo que más la impactó fue que, de pronto, todo su alrededor se volvió plano, como en dos dimensiones.
Los árboles, el quiosco, la noche e incluso Andrés y Ernesto frente a ella parecían recortes de papel. Era como si, de repente, todo a su alrededor se hubiera convertido en una ilustración plana.
El paisaje y las personas parecían recortes de papel.
En ese momento, Yolanda recordó lo que le había dicho el Librito: ella era el único personaje de ese mundo ficticio que había despertado. Ahora tenía vida propia.
Antes no había entendido muy bien a qué se refería, hasta que vio todo esto con sus propios ojos...
Se miró las manos y sintió que no encajaba en ese mundo. Sus manos eran suaves y cálidas, las yemas de sus dedos tenían un tono rosado y lleno de vida, mientras que Andrés y Ernesto parecían figuras de cartón, con sus expresiones congeladas en el tiempo.

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