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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 57

Yolanda se puso a hacer memoria, pero aparte de las próximas elecciones presidenciales, no recordaba que fuera a pasar nada fuera de lo común.

Asintió obedientemente, sin quitarle los ojos de encima a Andrés, pensativa.

Andrés la miró divertido.

—¿Qué pasa? Te la has pasado mirándome toda la noche.

Yolanda negó con la cabeza y le dio una gran mordida a su albóndiga. De pronto, recordó algo y se llenó de indignación.

—¡Abuelo! Hoy Víctor vino al jardín y se llevó tu planta favorita. Le dije que no la agarrara, ¡y me insultó!

—¿Ah, sí? ¿Ese muchacho tan tranquilo también sabe insultar? —Andrés se mostró intrigado—. ¿Qué te dijo?

«¡Lo sabía! Víctor lo tiene engañado», pensó ella. Si él era tranquilo, entonces no había gente de buen carácter en el mundo.

—Me dijo que me pusiera a estudiar —soltó Yolanda. ¡No, espera! Eso no sonaba tan grave. Rápidamente agregó—: ¡Básicamente me quiso decir que no tengo cerebro!

Andrés soltó una carcajada, y toda la tensión del día se esfumó por completo.

—¿Pues qué de malo tiene que te diga eso? Suena bastante razonable —bromeó el anciano.

Yolanda lo fulminó con la mirada.

—¡Abuelo!

Andrés la miró de reojo.

—Hablando de estudiar, hoy llamó el director de tu escuela para disculparse conmigo. Vi tu boleta de calificaciones.

Yolanda se quedó paralizada, sin saber qué decir por un momento.

—Yolanda, entre Matemáticas, Español e Inglés suman trescientos sesenta puntos posibles. ¿Cómo le hiciste para no juntar ni sesenta en total? Si no hubiera sido porque el director me llamó en persona, no me lo creería. Mi nieta, el último lugar de toda la escuela, y Carmen, el penúltimo. Vaya que ustedes dos me llenan de orgullo.

Yolanda se quedó muda. De golpe, los recuerdos la asaltaron: ah, claro... era una pésima estudiante, ¡incluso peor que la boba de Carmen!

Cuando los tres llegaron al arroyo, se encontraron al abuelo acostado en una silla de bambú sobre la plataforma de madera. Traía puestas unas chanclas, bermudas anchas, una playera blanca, un chaleco de acampar y unos lentes de sol en la cabeza. Parecía todo un chavorruco.

Andrés se veía de lo más relajado.

—Ernesto, pásale la red y la caña de pescar a Víctor.

Ernesto se apresuró a entregarle las herramientas que ya tenía preparadas.

—A ver, Víctor —dijo Andrés—, llévate a tus primas a sacar unos pescados o camarones para cenar. De ti depende que hoy comamos o nos vayamos a dormir con el estómago vacío.

Víctor tomó el equipo con total disposición.

—Allá la vegetación se ve más abundante, seguro hay buena pesca. Vamos para allá.

—¿Y por qué tenemos que hacerte caso? —Carmen le arrebató la red de las manos y señaló una zona de lodo completamente vacía—. Ese charco de ahí se ve perfecto, yo voy a sacar camarones de ahí. —Luego se giró hacia Yolanda—. Y tú... Yolanda, ¿vienes conmigo o qué?

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