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ESTA VEZ, ME ELEGIRÉ A MÍ MISMA romance Capítulo 63

—¡Adiós, abuelo! Hasta mañana.

De regreso en su habitación, Yolanda estaba de un humor excelente.

Tras despedirse de Andrés, se escabulló corriendo hacia adentro.

Andrés la miró confundido y señaló su figura dando saltitos mientras hablaba con Ernesto.

—¿Por qué siempre está brincando?

Ernesto:

—Los jóvenes son así. Además, la señorita Yolanda es más alegre de lo normal.

Andrés asintió.

—Parece que estas reuniones para fortalecer lazos funcionan muy bien. Deberíamos hacerlas más seguido.

Antes de despedirse, Carmen no dejaba de hacer muecas y tener los ojos clavados en Yolanda.

Pero ella ni siquiera la volteó a ver en toda la noche, así que Carmen se regresó a su habitación echando humo del coraje.

Ernesto sonrió y le dio la razón:

—De hecho, la señorita Carmen me pidió hace rato que le dijera a Yolanda que nunca más le volvería a dirigir la palabra.

Ese tipo de berrinches infantiles solían significar todo lo contrario.

Andrés no pudo evitar reírse.

—Esa niña, Carmen, es de corazón muy noble. Si alguien la guía por el buen camino...

—De pronto, recordó algo y su expresión se endureció—. ¿Aún no hay noticias de la familia Torres?

La expresión de Ernesto cambió y su sonrisa se desvaneció un poco.

—Calculo que mañana, en cuanto salgan las noticias, van a mover sus piezas.

—Hmph. —Andrés no dijo nada más y frotó con el pulgar la joya en la empuñadura de su bastón—. ¿Y sobre Javier? ¿Hay novedades?

Ernesto:

—Desde la catedral de San Miguel nos avisaron que han llegado muchos turistas últimamente, y que los sicarios están escondidos entre ellos. Menos mal que usted tuvo la precaución de mantener en secreto el viaje de estudios de Javier. De lo contrario, las consecuencias serían terribles.

Andrés suspiró pesadamente.

—Si no hubiera sido por mi descuido en el pasado, no habríamos cometido ese gran error. Al final, los Castillo le debemos mucho a Javier. Por nuestra culpa se quedó sin padres desde tan chiquito.

La muerte de Ricardo era un tema tabú en la familia.

Temiendo remover el dolor de Andrés, Ernesto se apresuró a consolarlo:

—Señor, eso ya está en el pasado. No se castigue más. Javier está por regresar, debería estar feliz.

Los ojos de Andrés se llenaron de ternura.

—Sí, por fin va a volver. Ese muchacho lo tiene todo, excepto que es demasiado distante. No tienes idea, la última vez que fui a verlo lo noté más retraído que nunca. ¡No puede seguir así! Lo mandé a la iglesia para que encontrara paz, no para que acabara aislándose del mundo.

Hablando de Javier, el patriarca de los Castillo parecía un abuelo cualquiera, parloteando con Ernesto.

—Aunque quiera vivir apartado del mundo, algún día tendrá que formar una familia. Con los genes que tiene, sería un desperdicio no aprovecharlos.

Ernesto no sabía si reír o llorar.

—Señor, ¿qué edad tiene Javier? Todavía está muy joven.

Yolanda pensó que tenía toda la razón, aventó el libro a un lado y agarró la leche.

—Gracias, doña Neira.

—No hay de qué, señorita —respondió la mujer frotándose las manos con cierta timidez.

Cuando el jefe le asignó cuidar a esta princesita, estaba aterrada.

Después de todo, Yolanda no tenía la mejor fama en la villa de la familia Castillo.

Pero tras pasar un par de días con ella, descubrió que la joven era mucho más tratable de lo que decían los rumores.

—Tómese su leche, señorita. En un rato vengo a recoger el vaso.

—La doña estaba a punto de salir cuando de pronto recordó algo y se dio la vuelta—. Por cierto, ¿ya se le quitó la alergia?

Yolanda se quedó pasmada un segundo, pero reaccionó de inmediato y una sonrisa perversa se asomó en sus labios, como si su plan maestro hubiera funcionado.

—¡Ah, eso! Sí, ya estoy bien. Las pastillas que me consiguió funcionaron de maravilla. ¡Aún no se lo había agradecido!

Doña Neira agitó las manos con rapidez.

—No tiene por qué agradecer, señorita. Yo solo le hice el mandado. En realidad, el mérito es del doctor Lázaro. Fíjese que ese medicamento es muy especial, y cuando fui a pedírselo se sorprendió mucho de que yo supiera sobre eso. Le dije que usted me mandó y ya no preguntó más.

Yolanda le restó importancia con calma.

—A mí me lo comentó mi abuelo. Doña, por favor no le vaya a decir nada de esto. Como sea, ya estoy mejor. He notado al abuelo un poco más delgado últimamente y no quiero que se preocupe por mí.

—¡Qué buen corazón tiene usted, señorita! Es muy madura —dijo la doña, dándose unas palmaditas en el pecho—. No se preocupe, no le diré nada a nadie.

Se hizo un silencio cómplice entre ellas.

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