—[Afirmativo. Advertencia: Las leyes de este mundo son estrictas. La Pluma del Nexo solo otorga una única oportunidad de reescritura. Una vez usada, no podrá ser deshecha ni alterada nuevamente.]
¡Era exactamente lo que necesitaba!
¡Lo había buscado por cielo y tierra y ahora se le presentaba en bandeja de plata!
Yolanda estaba a punto de aceptar cuando, de repente, cayó en cuenta de un detalle y miró a la Puerta del Nexo con desconfianza.
—Un momento. Nadie regala nada en esta vida. ¿Quién demonios es ese pobre diablo? Apuesto a que no es un cualquiera, ¿verdad?
—[Misión secreta. Descúbralo usted misma.]
Yolanda frunció los labios y pestañeó con inocencia frente a la Puerta del Nexo.
—Ay, librito mágico, no seas gacho... Si el destino nos unió es porque somos amigos, y los amigos no se guardan secretos, ¿no crees? Ándale, dame una pista.
¡Una oferta tan buena seguro tenía letras chiquitas!
No podía aceptar vincularse sin saber siquiera quién era el pobre diablo.
¿Qué tal si terminaba cavando su propia tumba?
—[Misión secreta. Descúbralo usted misma.]
Yolanda endureció su expresión.
Sin dudarlo, agarró las enredaderas de la Puerta del Nexo y amenazó con voz siniestra:
—¿Me vas a dar una pista o no? Porque te juro que te hago pedazos de nuevo. ¡A mí no me importa si nos vamos al infierno juntos otra vez!
—[Misión secreta. Descúbra...]
Antes de que terminara la frase, Yolanda le arrancó un manojo de hojas.
—[¡Detente! ¡No arranques mis hojas! Cuando te acerques al Pobre Diablo, la Voz del Nexo emitirá una alerta.]
Yolanda sonrió satisfecha.
Se sopló las yemas de los dedos y le dio unas palmaditas amistosas a la puerta.
Las doñas ya habían terminado sus quehaceres y estaban descansando en el kiosco, platicando tan entretenidas que ni se dieron cuenta de su llegada.
Víctor dudó por un momento si interrumpirlas o no, cuando escuchó a Doña Neira exclamar en voz alta.
—¡Shhh! Lo que les acabo de platicar no vayan de chismosas a contarlo por ahí, ¿eh? Si el abuelo se entera, las buenas intenciones de la señorita Yolanda se van a ir a la basura.
El grupo de mujeres asintió rápidamente.
—Quién diría que la señorita Yolanda resultaría ser tan buena niña. Se nota que esos chismes que cuentan por ahí no son ciertos.
Doña Neira continuó:
—¡Por eso dicen que para creer hay que ver! Y no lo estoy inventando, ¿eh? La señorita Yolanda se queda estudiando hasta tardísimo. Nada que ver con esa fama de vaga que le quieren colgar. Y otra cosa... aunque tenía alergia, se tomó sus medicinas a escondidas y me pidió que no le dijera nada al abuelo para no preocuparlo. ¡Díganme si no es un pan de Dios!
A Víctor se le paralizó la mirada y volteó fijamente hacia el grupo de mujeres en el kiosco.
«¿Alergia? ¿Medicinas?».
Víctor se quedó de una pieza al atar los cabos.

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