Comparado con los otros jóvenes de Villa Castillo, Víctor era prácticamente un santo. Estaba guapo y tenía muy buen carácter; con razón hasta el anciano, que era tan exigente, le había tomado cariño.
—¡Ay, no! Me muero de cansancio. —Yolanda se sobó los brazos, sintiendo que ya ni podía dar un paso más—. Ernesto, ¿estás seguro de que ya juntamos a todos los perros y gatos de la zona?
Ernesto no supo qué responder. No estaba para nada seguro. Él creía que ya lo había visto todo en la vida, pero esto era nuevo.
Lo habían jalado desde tempranito para ir a darle de comer a los animales callejeros. Al principio, pensó que a la señorita Aguirre le había dado un ataque repentino de bondad, pero no esperaba que se volviera tan loca como para pedir que le trajeran a cada animal de la calle, ponerlos en fila y preguntarles uno por uno: «¿Tú eres el pobrecito?».
¡Obviamente los animales no le iban a contestar! Como no obtenía respuesta, mandaba a los guardaespaldas a seguir a los perros y gatos para que trajeran a sus amigos, y volvía a interrogarlos: «¿Tú eres el pobrecito?».
Sin exagerar, ya se había corrido la voz entre todos los callejeros del cerro de que había una humana con mucha comida y poco cerebro buscando a un «pobrecito». Ya ni siquiera tenían que ir a buscarlos; las manadas de perros y gatos bajaban solas a probar suerte.
De no haber salido corriendo hace rato, la jauría los hubiera acorralado.
Ernesto, que todavía traía pelos de perro en la cabeza, trató de recuperar el aliento. —Señorita Aguirre, ¿cómo es exactamente el «pobrecito» que anda buscando? Mejor dígame y yo mando a la gente a buscarlo.
Yolanda agitó la mano, exhausta. Si ella misma supiera, todo sería mucho más fácil.
Andrés, que le estaba explicando a Víctor cómo podar las hojas, escuchó la plática y no pudo evitar sonreír. Dejó las tijeras a un lado y empezó a bromear con Yolanda: —¿A dónde te llevaste a Ernesto tan temprano? Lleva cuarenta años trabajando conmigo, y ni en sus peores momentos lo había visto tan amolado.
Hasta ese momento, Yolanda y Ernesto se dieron cuenta de que Andrés y Víctor también estaban en la sala principal.
Ernesto se acomodó rápido, intentando disimular su cansancio. —Patrón.
—¡Abuelo! —Yolanda sonrió de oreja a oreja y corrió a abrazar a Andrés dando saltitos.
Andrés miró a Víctor, le dio un toquecito en la frente a Yolanda y levantó la barbilla para señalarlo.
La sonrisa de Yolanda desapareció de golpe. Miró a Víctor con cara de pocos amigos. —Uy, hola, Víctor.
Víctor se quedó en silencio, sin saber qué decir ante ese cambio de actitud.
A Andrés le dio entre coraje y risa. —¿Qué me prometiste ayer?
Yolanda apoyó una mano en el estante de las macetas. Si no fuera porque estaba tan chaparrita y joven, cualquiera hubiera pensado que lo estaba acosando.
—Po...
En ese preciso instante, una tortuguita se salió de la pecera que estaba en el estante y, para su mala suerte, le cayó justo en el dorso de la mano a Víctor.
Yolanda se quedó pasmada. Miró a la tortuga, luego a Víctor, y de nuevo a la tortuga. Al final cerró los ojos, se le fue encima a Víctor, agarró rápidamente a la tortuga y dijo en su mente:
«Vincular».
En ese momento, sentía que el corazón se le iba a salir por la boca. Pareció que pasó todo un siglo hasta que finalmente escuchó la voz que la salvaba de aquel desastre:
«Felicidades, vinculación exitosa».
Yolanda se quedó sin aliento.

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