En eso, Carmen asomó la cabeza por la ventana. Al ver que Yolanda estaba echada en la mecedora sin inmutarse, le cambió la cara y le reclamó enojada: —¡Oye! ¡Yolanda! ¿Estás sorda o qué? Si te estoy hablando, ¿por qué me ignoras?
Yolanda, sin dejar de darle la espalda, le contestó: —Estabas gritando «abuelo», no me estabas hablando a mí. ¿Por qué tendría que hacerte caso?
—Tú... —Carmen se volvió a hacer corajes. No entendía por qué, desde que se habían peleado, se sentía tan inquieta. Había buscado a duras penas un pretexto para ir al jardín, y resultaba que la muerta de hambre esa la seguía ignorando.
—¡Ni que fueras la gran cosa! ¡No creas que me muero por platicar contigo, odiosa! —Carmen hizo un berrinche y se dio la media vuelta furiosa. En ese momento, Andrés salió de su cuarto y le hizo señas con una sonrisa.
—Carmen.
Carmen, con cara de ofendida, corrió hacia él y gritó a propósito para que la escucharan: —¡Abuelo, vine nada más a verte a ti!
Andrés le echó un ojo a la ventana de enfrente, dándose cuenta de todo el teatro, y le acarició la cabeza. —Ándale pues, ven, pásale.
Adentro, Yolanda ni se inmutó. Siguió haciéndole cosquillas en la panza a su tortuga, diciendo en tono despreocupado: —Si ni siquiera sabe pedir perdón, para qué quiero una aliada así.
Al final, Carmen no se quedó mucho tiempo con Andrés. Antes de salir del jardín, le echó una mirada venenosa a la ventana. ¡Qué odiosa era Yolanda! ¡La persona que le volviera a dirigir la palabra iba a ser una arrastrada!
***
Patio de Invierno.
Pero ahora, con este escándalo de Daniel, las cosas dieron un giro por completo. Lo de Renato, por muy feo que fuera, al final era solo un chisme de su vida privada. Sin embargo, lo de Daniel era traición a la patria. Con temas de corrupción y venta de secretos nacionales, la gente no se andaba con juegos.
Si le comprobaban los cargos, Daniel se iba a pudrir en la cárcel toda la vida, y la familia Mendoza desaparecería para siempre del mapa político y de la alta sociedad del país.
Daniel obviamente sabía lo grave que estaba el asunto. Al verse acorralado por el odio de la gente, no le quedó más remedio que agarrar el micrófono y dar la cara ante la cámara.
—¡Les pido a todos que guarden la calma! ¡Todo esto es una vil mentira, una difamación! ¡Exijo que...!
En la pantalla, el hombre hablaba con una pasión fingida, haciéndose la víctima indignada.

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