Al ver que las dos niñas estaban a punto de desaparecer de su vista, Ernesto reaccionó y se dio cuenta de que no debía dejarlas ir solas. Hizo el amago de salir tras ellas, pero Víctor le cortó el paso.
—Ernesto, déjalas ir.
Ernesto frunció el ceño, preocupado. —Pero la niña Carmen...
Víctor ladeó la cabeza. Su mirada atravesó el jardín principal hasta fijarse en esas dos manos que se aferraban con fuerza. —Si Carmen no quisiera, nadie podría llevársela.
Ernesto se quedó atónito. Cayó en la cuenta de que, hace un momento en el salón, tanto Mateo como Alejandro le habían rogado que se fuera con ellos, y ella se había negado.
En un abrir y cerrar de ojos, las dos siluetas desaparecieron por completo.
Víctor apartó la vista y sonrió. —Ernesto, mi abuelo te necesita allá adentro. Yo puedo regresar a mi cuarto solo.
Ernesto volvió en sí. Sin querer, empezó a sentir mucho más respeto por el joven frente a él. —Se lo agradezco, joven Víctor.
Víctor negó con la cabeza. —No hay de qué.
***
Desde que corrieron a Claudia y a Valeria de la casa, nadie pisaba el jardín de Caballo, salvo las muchachas de limpieza por las mañanas. Así que era el lugar perfecto para contarse secretos.
Yolanda llevó a Carmen hasta la habitación del pabellón de cristal.
Todos los muebles de la habitación habían sido reemplazados por unos completamente nuevos, incluso más bonitos y lujosos que los que había antes.
A Carmen, que no dejaba de ser una niña berrinchuda, se le esfumó todo el sentimiento de gratitud en cuanto pisó el cuarto. —Ya vi que tú sí eres la consentida de mi abuelo —refunfuñó.
Yolanda le soltó la mano y se cruzó de brazos.
Carmen se sorbió los mocos y le reclamó sin una gota de vergüenza: —Pues, ¡tengo envidia! ¿Qué tiene de malo?
Con los ojos hinchados y rojos como jitomate, y ese cabello teñido de mil colores, se veía tan ridícula como digna de lástima.
Al fin y al cabo, era su madre. Era la mujer de la que alguna vez esperó amor. Por eso, a pesar de saber que Claudia podía hacerle daño a la familia Castillo, se limitó a darle un castigo mínimo y echarla de la casa, al menos mientras no hiciera nada grave.
Si a ella le costaba tanto trabajo, sabiendo de antemano cómo iban a terminar las cosas, ¿qué se podía esperar de Carmen, que no tenía ni la menor idea de nada?
Carmen era una niña normal de doce años; no había reencarnado ni tenía la ventaja de conocer el futuro. El hecho de haber tomado la decisión de quedarse, se debía únicamente a que su amor y su instinto por proteger a Valentina habían sido más fuertes que cualquier otra cosa.
Yolanda consideró que Carmen se había ganado una estrellita en la frente.
—Carmen, ¿te acuerdas de la palabra que te escribí en la palma de la mano el otro día?
Carmen asintió con la cabeza.
—Bueno —continuó Yolanda—, pues ahora te cuento un secreto: Hernán Tapia va a ganar las elecciones y se convertirá en el presidente número setenta y dos de la República de Valdoria, con el 51.36% de los votos.
Se hizo un profundo silencio en la habitación.

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