De pronto, la expresión de Nicolás se volvió sombría. Señaló un nombre en la lista del periódico. —¿De dónde salió este tipo?
El mayordomo se acercó a checar. Decía «Hernán».
Tras repasar la información en su cabeza, seleccionó lo más relevante. —Ya lo investigamos. Su historial está impecable. Señor, ¿hay algún problema con él?
Aunque estaba limpio, no destacaba frente a los demás candidatos. El mayordomo no entendía por qué su patrón le prestaba atención.
Nicolás se quedó pensativo un momento y volvió a posar el dedo sobre el nombre de Hernán. —Consígueme toda la información sobre este cabrón. Hasta el último detalle.
El mayordomo se sorprendió un poco, pero asintió enseguida. —Enseguida, señor.
Nicolás se quedó viendo el periódico, sumido en sus pensamientos. Si no le fallaba la memoria, el nivel de aprobación de este tipo no era muy alto antes. ¿Cómo había subido tan rápido?
Para los hombres poderosos que movían los hilos de la República de Valdoria, las cosas estaban muy claras: el dinero era lo que mandaba. Este Hernán no podía ser tan simple como aparentaba; a huevo alguien lo estaba respaldando.
—Abuelo...
En ese momento, una chica bajó por la escalera curva de barandales dorados. Tenía un rostro delicado, casi de muñeca, con un flequillo desfilado que le daba un aire muy tierno.
Nicolás bajó el periódico de inmediato. Al verla con su bolso, le preguntó con cariño: —¿Vas a salir, María?
María Fernanda Rivas asintió. —Quedé de ir a la plaza con Lucía Ramírez. A esa mensa le encanta salir cuando hace más calor.
Nicolás no pudo evitar reír. Sabía que su nieta se llevaba muy bien con la chica de los Ramírez, así que no le dio importancia y le hizo un ademán con la mano. —Ve con cuidado. Cómprate lo que quieras, y si te falta dinero, márcame.
María asintió, diciendo las cosas más duras con la expresión más tierna del mundo. —No. Si tanto quiere verla, vaya usted a la escuela. A mí me cae gorda y no voy a invitarla por usted.
—¡Qué tonterías dices! —Nicolás le lanzó una mirada de reproche. Solo se había enterado del pleito entre los Castillo y los Torres, lo que le despertó cierta curiosidad por esa nieta adoptiva de Andrés, pero no al grado de ir a meterse a una preparatoria.
María lo barrió con la mirada, actuando como toda una adulta. —Usted es bien colmilludo, abuelo, pero no voy a caer en su juego. Yolanda no me cae bien, pero tampoco voy a traerla a la casa como si fuera un bicho raro o un trofeo nada más porque a usted le dio curiosidad. Así que ya supérelo.
Al mayordomo le dio un tic en el ojo. En toda la familia Rivas, solo la señorita María tenía los ovarios para hablarle así al patriarca sin que este se enojara.
Nicolás se llevó la mano a la frente y la despidió con un gesto, totalmente resignado a no decir más.
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