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Ex-esposa en coma: Abandonada a mi suerte romance Capítulo 65

La puerta del departamento se cerró y entonces todo explotó.

No lo podía creer. Se había marchado. No se había retractado de sus malditas palabras.

Alicia se quedó por un instante inmóvil, sintiendo su respiración agitada, los gritos aún atrapados en su garganta. Tenía tantas cosas que decir, tanto que reprochar.

Así que estalló.

Fue como un volcán en erupción.

—¡No puede ser! ¡No puede hacerme esto! —gritó con voz desgarrada. Sus manos se apretaron en puños y las uñas se clavaron en su palma sacándole sangre. Sintió el ardor, pero no le importó. La furia que sentía era más fuerte que cualquier otro sentimiento.

¿Cómo podía hacerle esto a ella?

¡Maldita sea, a ella!

¡Era un insulto!

¡Un maldito insulto a todo lo que había hecho por él!

Presa de la ira, se llevó las manos al cabello, tirando de él con fuerza.

—¡Infeliz! —gritaba, recordando cuando lo ayudó siendo un niño desamparado que no tenía ni siquiera nada que comer.

Simplemente, no se lo merecía. Ella siempre se había mostrado incondicional, una roca, un refugio en su vida.

Y entonces se vio a sí misma de pequeña, con el estómago vacío y con el alma rota. Su madre era una mujer desinteresada y frívola a la que no le importaba en lo más mínimo, siempre había estado más preocupada por sus amantes y por sus vicios.

—¡Vete a conseguir dinero en la calle, Alicia! —solía ordenarlo con un gesto despectivo de la mano—. ¡No me molestes! ¡Déjame sola, que voy a estar con alguien!

Lastimosamente, para su corta edad, ya sabia lo que significaba “estar con alguien”. Un día sin querer lo había visto todo y su madre, en lugar de mostrarse arrepentida, le había dado una golpiza.

Así que se acostumbró entonces a esa vida de desamor, de no ser querida, de sentirse un estorbo.

La calle comenzó a parecerle un lugar más honesto que su propio hogar. Se había acostumbrado a la soledad, a la carencia de afecto.

Pero entonces llegó Nicolás.

En él, encontró un amigo. Una conexión que jamás había experimentado antes. Él era suyo, su único ancla en un mundo cruel.

Pero esa ancla se había roto un día.

Tenía quince años cuando unos hombres los interceptaron en un callejón oscuro y pestilente. Fue un día que no le gustaba recordar. La imagen de la impotencia de Nicolás, incapaz de defenderla... las asquerosas caricias de esos sujetos, uno a uno, dándose turno para ensuciarla para siempre. Todo eso se le grabó a fuego.

Y desde ese momento, supo que Nicolás nunca la vería con otros ojos. Nunca la vería como a una mujer, con el deseo y la pasión que le daría a otra. Para él, siempre sería la niña que él no pudo proteger, la hermana, la amiga. La herida.

Sin embargo, no pensaba quedarse con los brazos cruzados.

Había dejado su vida a un lado, había sacrificado años por seguirlo, por acompañarlo en su venganza. Nunca se propuso estudiar ni superarse. Había invertido toda su energía, su ingenio, su tiempo en ayudarlo a recuperar lo que era suyo. Así que lo mínimo que esperaba era la vida cómoda que él le había prometido, y que estuviera a su lado, como un compañero, como un esposo, o al menos como la única persona que importaba en su vida.

Tenía todo el derecho de reclamar todo eso.

Pero ahora, así, sin más, se lo negaba.

Le arrebataba su felicidad por culpa de esa maldita mujer.

Sonrió.

No era una sonrisa agradable de ver, era una sonrisa determinada.

No había espacio para la debilidad.

Si la compasión no funcionaba, entonces la manipulación tomaría una forma más siniestra. Tenía que recordarle quién era ella, y lo que era capaz de hacer.

Tomó entonces su teléfono celular de la mesa auxiliar. Sus dedos teclearon con rapidez un número que tenía grabado en la memoria. Con rostro inexpresivo llamó a la persona.

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