—¿Y entonces debo interpretar su silencio como una confirmación a mis palabras? —presionó el abogado de su exmarido, dándose cuenta de que estaba ganando la credibilidad de toda la sala.
«¡Era un maldito!», pensó Regina con las manos empuñadas.
El ambiente rápidamente se cargó de tensión. Era casi insoportable, porque podía sentir los ojos de todos sobre ella. Algunos la miraban con un poco de duda, otros se mostraban evidentemente influenciados por esa acusación que no daba lugar a réplica.
¿Pero cómo se atrevía?
Ese hombre acababa de insinuar que era una egoísta, que lo que esperaba era que su pobre e indefenso esposo, pasara una vida infeliz, atendiendo a una mujer en estado vegetativo.
¡Pero por supuesto que no era así!
Nicolás no se había sacrificado ni un poco. Aguantó unos simples meses para divorciarse, ni siquiera alcanzó a esperar un año.
¿Cómo se atrevía a llamarla egoísta?
El egoísta era él, sin duda.
Sin embargo, no cayó en su provocación, guardó silencio justo como le había aconsejado el señor Castro hacía unos instantes antes.
Y de repente, fue su propio abogado quien pidió educadamente una nueva intervención, la cual el juez aceptó con buen agrado, quizás, también interesado en conocer qué argumentos utilizaría para su defensa.
—Permítanme presentar nuevamente los hechos, su señoría —el tono del señor Castro era bajo y controlado, pero no por esto, carente de la convicción necesaria para atraer la atención de todos—. Porque esta no es una cuestión de sentimientos, sino de legalidad. Y lo que el señor Nicolás hizo fue, sencillamente, un fraude.
Se acercó entonces a la mesa y desplegó una serie de documentos que contenían: registro de fechas, movimientos bancarios, y, por supuesto, la rapidez con la que el divorcio había sido tramitado. No había errores en su exposición, cada pieza encajaba perfectamente en aquel rompecabezas maquiavélico que había tramado Nicolás con la ayuda de su tía.

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