POV Lanya
Hoy mi hermana, Atalya, se casa con el hombre que amo.
Y yo tengo que sonreír.
Intenté olvidarlo. Lo juro que lo intenté. Me repetí mil veces que Damiano nunca sería mío. Que una buena hermana no traiciona.
Pero mi corazón siempre fue rebelde y terco, no pudo olvidarlo.
Desde aquella primera mirada —ese segundo eterno en el que sus ojos se clavaron en los míos antes de que Atalya se colgara de su brazo— supe que estaba perdida. No fue un capricho. No fue una ilusión. Fue algo que me atravesó el alma.
Lo conocí primero y me enamoré a primera vista en el colegio, y una vez le envié una carta de amor, confesándome.
Pero, él nunca me respondió, al día siguiente lo vi con Atalya, ya eran novios y yo solo debía olvidarlo.
Aunque sé que ella no lo quiere, no como yo, ella quiere su estatus, su dinero, todo lo que él puede dar, pero ella no ve más allá, no ama la fuerza de Damiano, ni su sonrisa dulce cuando nadie lo ve, tampoco sabe que le gusta tocar la guitarra o que ama dibujar, cuando nadie lo ve, yo sí, yo lo sé todo de él.
Y hoy lo voy a perder para siempre.
Me pongo el vestido rosa de dama de honor, debo fingir felicidad, hoy es el día de mi hermana, debería estar feliz y no sentirme morir.
Dicen que cuando amas a alguien, debes ser feliz si él es feliz, pero, nadie dijo que también doliera tanto.
Me miro al espejo mis ojos están rojos, mi sonrisa forzada. Soy una hipócrita perfecta.
—Sé fuerte, Lanya —me susurro—. No tienes derecho a romperte.
***
Entro en la habitación de Atalya.
Ella está radiante. El vestido blanco abraza su figura. Es hermosa. Siempre lo ha sido, es la favorita, la intocable.
Cuando me mira, su sonrisa se curva apenas.
—¿Estás celosa? —pregunta con suavidad venenosa—. ¿O ya aceptaste que Damiano nunca te mirará como me mira a mí?
El suelo se abre bajo mis pies.
Lo sabe. Siempre lo supo.
Mi secreto no era secreto. Era un espectáculo silencioso para ella.
—Solo quiero que seas feliz —murmuro, tragándome el orgullo, tratando de negarlo.
Ella se acerca despacio, disfrutando cada paso.
—Qué noble eres, hermanita —susurra cerca de mi oído—. No te preocupes… cuando tenga hijos con Damiano, podrás cargarlos. Así estarás un poco más cerca del hombre que amas.
El golpe es limpio y directo al corazón.
Me arde el pecho. Quiero odiarla, quiero gritar. Pero me quedo quieta, sin decir nada, como siempre.
—No amo a Damiano —miento.
Ella sonríe como quien ya ganó.
De pronto, la puerta se abre violentamente.
Nuestro padre entra pálido, temblando.
—¡Damiano tuvo un accidente! —dice con la voz rota—. Está en el hospital. Es grave.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Exesposa vuelve a mis brazos