Me apoyé contra la pared, tratando de recomponerme. Cada fibra de mi cuerpo temblaba, pero la determinación crecía con cada latido de mi corazón.
Sabía que esto había terminado, tal vez ellas habían ganado, pero yo era fuerte, iba a salir adelante, siempre lo hice, ¿Verdad?
Estaba cansada de este falso amor, y solo quería irme, llorar y recuperar un poco de dignidad.
No supe cuánto tiempo pasó. El silencio de la casa era casi insoportable, solo roto por el eco de mis propios pensamientos y de la furia que me consumía por dentro. Entonces, la puerta se abrió de nuevo.
Mi corazón se detuvo al instante. Ahí estaba él. Damiano.
Había vuelto a casa.
—¿Me esperabas? —preguntó con esa calma que siempre parecía controlarlo todo, aunque en sus ojos podía percibir un dejo de cansancio y distancia.
Se sentó frente a mí y, sin más, sacó unos papeles y los colocó sobre la mesa.
—Quiero el divorcio, Lanya. Pide cualquier compensación. Ella ha vuelto.
Mis ojos se abrieron con dolor, pero después, sin pensarlo, sonreí. Era una sonrisa de defensa, solo para no derrumbarme ante él, no iba a dejar que me viera llorar.
Tomé el bolígrafo con firmeza, sintiendo cada músculo de mi cuerpo encenderse con una determinación que antes no sabía que tenía.
Puse una cifra, cien millones de dólares, y firmé.
Él me miró con sorpresa.
—¿De verdad firmaste? —preguntó, con incredulidad.
—¿Qué es esto, un juego? —respondí, mi voz llena de ironía y desafío—. Quiero cien millones de dólares. ¿Acaso crees que quiero quedarme contigo?
—¡¿Qué has dicho, Lanya?! —exclamó, visiblemente alterado, como si mis palabras hubiesen derretido su maldito frío—. ¿Acaso no me amas tanto como para no dejarme?
Reí, un sonido frío y cargado de desprecio.
—¿Y qué? ¿Acaso tienes miedo de perderme? —pregunté, sin ocultar la satisfacción de verlo incómodo.
Le mostré la foto de él y mi hermana juntos hace unas horas, luego sonreí, afilada y segura.
—Patético —susurré, como un veneno silencioso que recorría la habitación.
Lancé los papeles de divorcio hacia él. Me levanté y me alejé.
Lo escuché decir mi nombre a mis espaldas, pero no me giré. No tenía fuerzas para mirarlo, no después de todo.
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con manos temblorosas y comencé a empacar. Metí toda mi ropa en la maleta, tomé mis ahorros, mis cosas más importantes… todo lo que podía llevar conmigo.
Quería irme. Necesitaba irme.
No quería verlo. No quería quedarme en un lugar donde su presencia me ahogaba.
La sola idea de imaginarlo con ella… en sus brazos, besándola, haciéndole el amor… me quemaba por dentro. Era como si algo se retorciera en mi pecho, desgarrándome sin piedad.
Y lo peor era que yo misma me lo había buscado.
Fui la culpable. Fui la tonta que se conformó con migajas, que aceptó un amor a medias creyendo que algún día sería suficiente. Debí saber cómo terminaría esto.
Debí haberme marchado antes.


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