Ahora no solo el equipo del Grupo Salazar se incomodó: hasta el equipo de Rebeca se tensó. La asistente le jaló discretamente la manga a Otilia por debajo de la mesa.
Otilia, en cambio, siguió con la barbilla en alto.
—¿Señorita Vargas, lo que quiere decir es que el señor Salazar no tiene lealtad y solo ve por conveniencia? —preguntó Clara, serena.
Otilia se trabó.
—No… no dije eso.
En ese momento se abrió la puerta del privado. Izan y Rebeca entraron juntos.
Él, impecable y con presencia. Ella, hermosa y segura. Juntos, llamaban la atención.
El gerente de producto se inclinó hacia Clara y le susurró:
—Se ven perfectos. Ya mero tenemos nueva jefa, ¿eh?
A Clara le dolió, pero se obligó a sonreír apenas y se levantó para recibirlos.
—Señor Salazar, qué honor que venga. Por acá. Rebeca, siéntate aquí.
Otilia se adelantó y les apartó lugares juntos a Izan y a Rebeca, antes de que Clara pudiera intervenir.
Todos se pusieron de pie para saludarlos.
—Siéntense —dijo Izan.
Hasta entonces todos volvieron a sentarse.
El ambiente se suavizó. Otilia y los demás buscaron temas y, a cada rato, llevaban la conversación hacia Izan y Rebeca.
Izan hablaba poco, pero cuando lo hacía, iba al punto.
Clara, en cambio, casi no habló. Con Izan y Rebeca ahí, nadie se fijó.
En un momento, Otilia vio el plato de Rebeca y le dijo:
—Rebeca, cuida lo que comes.
Las celebridades se cuidaban mucho.
—Ya sé… —Rebeca hizo un puchero y le pasó a Izan un pedazo de carne—. Izi, no puedo. Cómelo tú.
Venía de un guiso bien picoso, con aceite rojo.
Izan tenía el estómago delicado y comía ligero; no le gustaba el picante.
Clara iba a advertirle, pero él lo tomó y se lo comió sin cambiar la cara.


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