Era imposible que no le afectara.
Noa cerró los ojos, intentando calmarse.
—¿Necesitas algo?
La mirada de Rocco recorrió su rostro de facciones delicadas y se detuvo en sus labios.
Tenía la boca entreabierta, como si estuviera a punto de decir algo, y esa simple duda le encendió la sangre a él. Él tragó saliva.
—Se hará como dijiste.
Noa abrió los ojos.
—¿Eh?
—Trabajarás en la televisora.
Noa tardó un momento en procesarlo.
—Pero en la televisora dijeron que no era seguro que me contrataran.
—¿Acaso ya te dieron una respuesta definitiva?
—No... —respondió Noa.
De todos modos, no se hacía ilusiones.
Pronto, sonó su celular. Era un número desconocido.
Noa contestó.
La persona al otro lado de la línea era de Recursos Humanos de la televisora, pidiéndole que se presentara a trabajar al día siguiente por la tarde.
Mientras hablaba por teléfono, Noa miró a Rocco.
«¿Acaso… lo arregló él?», pensó.
Pero rápidamente desechó la idea. Rocco no era de los que movían hilos por capricho; al menos, eso era lo que todos decían.
Finalmente, Rocco la soltó y, con calma, se ató la bata.
—Cuando empieces a trabajar, envíale una copia de tu agenda a Lucio.
Noa no entendía por qué, pero asintió.
Rocco bajó la vista y notó su muñeca.
La piel de Noa era delicada, y todavía se veía un ligero enrojecimiento.
Al pensar que había sido por culpa de aquel hombre, su expresión se endureció.
—Si vas a llevar mi apellido, compórtate como tal. Y no vuelvas a meterte en esos lugares.
—De acuerdo.
—Y si no quieres hacer algo, no lo hagas. Nadie puede obligarte.
Noa volvió a asentir.
La mirada de Rocco se ensombreció aún más.

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