—Noa se está esforzando mucho, ¿por qué tú no pones nada de tu parte?
Rocco sostenía su copa de vino, con una expresión indescifrable.-
—¿Desde cuándo comer requiere esfuerzo?
—Ustedes tienen que cuidarse, comer bien… a ver si pronto me dan una alegría.
Noa tosió, fingiendo.
—En realidad…
—No hay prisa —respondió Rocco con una frialdad que denotaba su hartazgo.
Albana lo fulminó con la mirada.
—Te la pasas trabajando y dejas a Noa sola en casa. Es porque ella es comprensiva contigo, que si fuera otra, a lo mejor ya te habría dejado.
La mano de Rocco, que sostenía la copa, se detuvo.
Noa miró de reojo la expresión de Rocco, sin atreverse a respirar.
Cuando terminaron de cenar, Albana insistió en que el chofer llevara a Rocco y a Noa a casa.
—Ahora que por fin te tengo aquí, no se te ocurra volver a trabajar. Ve a casa y hazle compañía a Noa —dijo.
Cerró la puerta de un portazo y le ordenó al chofer que arrancara.
Noa, avergonzada, intentó bajar del carro, pero una mano la sujetó con firmeza.
—Siéntate.
El tono no admitía réplica.
Una vez que el carro se puso en marcha, Rocco la soltó.
—¿Ya? ¿Contenta? —soltó, seco.
Noa levantó la vista y se encontró con sus ojos, profundos e insondables.
—No entiendo a qué te refieres.
Rocco soltó una risa burlona.
—¿A qué juegas? Apareciste en el club justo cuando mi madre estaba allí. Calculaste que se ablandaría y te dejaría quedarte, ¿no es así?
Su aliento la envolvió, cargado de ese ligero aroma a cedro que una vez le fue tan familiar, tan íntimo.
Noa desvió la mirada, con la voz ligeramente ronca.
—Fue solo una coincidencia.
Rocco le tomó el rostro y la obligó a mirarlo.
—Noa, lo nuestro se acabó. Te aconsejo que dejes de lado tus jueguitos.
Con ese contacto, el cuerpo de Noa traicionó a su cabeza, y eso le dio rabia. Se movió un poco para poner distancia entre ellos.
—No te preocupes, no voy a insistir.
Solo necesitaba conseguir esa escritura de Monte Calma para salvar a su familia. Después, le prometía que desaparecería de su vida para siempre.
El teléfono de Vicente no dejaba de sonar.
Noa intentó colgar, pero Rocco ya lo había visto. Una emoción compleja cruzó su mirada y, con un movimiento rápido, presionó el botón de la pantalla.
—Contesta.
Su tono era una orden.
Noa se mordió el labio y respondió.
—Eres una mujer casada, ¿y dejas que otro hombre rastree tu celular? ¿O qué, estoy pintado?
La garganta de Noa se tensó.
—Es porque…
Rocco le levantó la barbilla.
—¿Tanto te gusta? ¿No pudiste tenerlo antes de casarte y ahora, después de la boda, sigues obsesionada?
Lo que le subió no fue solo enojo: fue un rencor viejo, espeso. ¿Por qué esta mujer era tan malagradecida? No importaba lo que hiciera, parecía imposible llegar a su corazón.
Una mano grande se aferró a su cintura mientras él decía con los dientes apretados:
—¡Noa, eres increíble!
Se acercó más y más, sus alientos mezclándose. El aroma a cedro la distrajo involuntariamente. Intentó alejarlo con los brazos.
—Suéltame.
Rocco la apretó más fuerte contra él.
—Si hablamos de jugar con los sentimientos de la gente, ¡nadie te gana!
Noa vio el desprecio y el odio en sus ojos. De repente, sintió la garganta seca.
—Rocco, tienes razón. Ya no hay vuelta atrás para nosotros.
Rocco la fulminó con la mirada. La miró como quien ya tomó una decisión peligrosa.
Noa sintió un nudo en la garganta.
—Ya firmé el acuerdo de divorcio.

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