Melani Fernández
Dicen que el invierno en Austria tiene un sonido propio: el crujido de la nieve bajo las botas y un silencio que te obliga a escuchar tus propios pensamientos. Durante dos años, ese silencio fue mi único compañero en una casa que, aunque llena de lujos, nunca terminó de calentarse.
Mi nombre es Melani Fernández. Y antes de entender que no todas las flores están hechas para sobrevivir en el invierno de otros, yo creía que el amor era una cuestión de voluntad. Pensaba que, si entregaba suficiente calor, acabaría por derretir el muro de hielo que rodeaba el corazón de Diego von Seidl.
Qué equivocada estaba.
Para entender lo que podría ser el final de este viaje, tengo que volver al principio. A esa noche en Salzburgo donde el aire olía a pino y a una sofisticación que yo, recién llegada de la calidez caótica de Venezuela, apenas empezaba a procesar. Tenía veinticuatro años, un título en Comercio Internacional bajo el brazo y la estúpida certeza de que el mundo era un lugar que se podía conquistar con esfuerzo. Tal vez eran esos valores que mi familia me había inculcado desde pequeña, en aquella ciudad ajetreada de Caracas.
—Solo una copa, Mel —me había dicho Elena, mi mejor amiga, arrastrándome a Der Kristall.
El lugar era un escondite al exceso discreto. Piedra, cristal y hombres que hablaban de logística y acero como si fueran poetas. Entre ellos estaba el profesor Weber, quien me presentó a la élite local con el orgullo de un mentor. Y entonces lo vi.
Diego estaba apoyado en la barra, ignorando la fiesta a su alrededor con una elegancia que resultaba casi irreal. Era alto, de facciones tan afiladas que parecían esculpidas por un buen alfarero, y poseía una mirada azul que no buscaba a nadie. Weber me susurró su apellido como si fuera un secreto: «Von Seidl». Un linaje de acero y distancias. Me contó, en voz baja, que Diego era un hombre marcado; una mujer lo había dejado años atrás, llevándose consigo su capacidad de sonreír.
En ese momento, mi orgullo de mujer joven y llena de vida se encendió. «¿Un corazón congelado?», pensé. «Qué desperdicio de hombre».
—Sr. Von Seidl —dije, cuando Weber finalmente nos presentó. Mi acento latino cortó el aire denso del bar como un rayo de sol inesperado—. El profesor dice que usted sabe más de logística que nadie en este país. Yo digo que la logística es fácil; lo difícil es entender por qué alguien elegiría quedarse en la esquina más fría de un bar tan vibrante.

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