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Flores de un Invierno Ajeno romance Capítulo 3

Diego

​El amanecer en Viena entró por las rendijas de las pesadas cortinas con una palidez grisácea, casi metálica. Me desperté antes que el sol, como siempre, pero esta vez no sentí la urgencia de saltar de la cama para revisar los mercados asiáticos. Me quedé inmóvil, escuchando la respiración pausada de Melani a mi lado. Estaba allí; su cuerpo generaba un calor que yo solía reclamar como mío, pero el muro que ella había levantado la noche anterior se sentía más sólido que las paredes de piedra de la villa.

​El rechazo de anoche me escocía en el orgullo más de lo que estaba dispuesto a admitir. No era solo el sexo; era la soberanía. Melani siempre había sido mi puerto seguro, el lugar donde las preguntas se silenciaban con caricias. Ahora, ese puerto parecía haber cerrado sus muelles para mí.

​Bajé al comedor después de una ducha helada que no logró despejarme la mente. Melani ya estaba allí. No vestía su bata de seda habitual; llevaba un traje de chaqueta azul oscuro, profesional, impecable, como si se preparara para una junta de accionistas y no para un desayuno de viernes. El sonido de los cubiertos contra la porcelana era el único diálogo en la sala. El café humeaba entre nosotros, pero el aroma a tostadas y fruta se sentía extrañamente rancio.

​—¿Dormiste bien? —pregunté, rompiendo la densa capa de cortesía que nos envolvía. Mi voz sonó más áspera de lo que pretendía.

​—Como un tronco. Hacía tiempo que no descansaba con tanta claridad —respondió ella sin levantar la vista de su tableta, donde revisaba unas gráficas de fletes marítimos.

​Su respuesta me molestó. Esperaba ojeras, esperaba un rastro de la angustia que yo mismo había sentido al dar vueltas en la cama. Pero Melani se veía radiante, con una eficiencia fría que me recordaba peligrosamente a mi propio padre. Estaba pensativa, sí, pero no era la introspección melancólica de una mujer herida; era la concentración de alguien que está calculando una ruta de escape.

​La conocía muy bien. Era eso lo que me había gustado tanto de ella: su independencia y su mente siempre analítica. Pero hoy, ese intelecto estaba jugando en mi contra.

​—Estás muy callada hoy —insistí, dejando la taza sobre el plato con un golpe seco—. Ni siquiera has mencionado el itinerario para la gala de esta noche.—intenté llamar su atención con el trabajo.

​Melani dejó la tableta a un lado y, por primera vez en la mañana, me miró fijamente. Sus ojos, antes llenos de una devoción que a veces me sofocaba, ahora eran dos opacos cafés oscuros...amargos.

​—La gala será como todas las demás, Diego. Sonrisas ensayadas, acero y política. No hay mucho que discutir sobre lo previsible.

El sabor de las Cenizas 1

El sabor de las Cenizas 2

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