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Flores de un Invierno Ajeno romance Capítulo 4

Melani

​La Ópera de Viena era un hervidero de diamantes, perfumes caros y susurros en alemán que cortaban el aire como cuchillas de cristal. Diego caminaba a mi lado, su mano firme en mi cintura, pero yo sentía su tensión irradiando a través de la tela de su esmoquin. Estaba alerta, como un animal que ventea el peligro en un bosque que creía dominar.

​Me alejé un momento hacia la mesa de las bebidas para buscar una copa de agua mineral. No quería que el champán nublara mi juicio; esta noche necesitaba cada uno de mis sentidos en estado de alerta. Fue entonces cuando la sentí. No fue un ruido, sino un cambio en la temperatura a mi espalda.

​—Los zafiros le sientan bien, señora Von Seidl. Aunque siempre he pensado que el azul es un color que denota cierta... distancia emocional.

​Me giré lentamente. Frente a mí, una mujer de una belleza afilada y aristocrática me observaba con una sonrisa que no llegaba a sus ojos verdes. Vestía de un terciopelo negro tan profundo que parecía absorber la luz de las lámparas de araña. No necesitaba que nadie me dijera su nombre; el aire a su alrededor olía a una nostalgia peligrosa.

Y su última frase venía con una advertencia en el primer encuentro. Como si nos conociéramos de toda la vida.

​—Verónica, supongo —dije, sosteniéndole la mirada con la calma que solo una venezolana que ha sobrevivido a mil tormentas puede fingir.

​—Me impresiona que sepa quién soy. Diego siempre fue tan... reservado con sus tesoros —ella dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con una elegancia insultante—. Soy Verónica. Una vieja amiga de la familia. O quizás, algo más que eso, dependiendo de a qué parte de la historia le pregunte a su marido.

Ella era increíble, no actuaba para nada, venía directamente por mí, o mejor dicho por él. Sin anestesia y al punto.

​—Solo conozco la parte donde lo abandonaron, sin dejar razones —respondí, dándole un sorbo a mi agua con una tranquilidad que no existía pero que pareció congelarla —. Pero dígame, ¿qué la trae de vuelta a Viena? ¿Se le acabó la fama en el extranjero, y ahora busca presentarse también en las óperas?

​Verónica soltó una risa seca, un sonido carente de alegría.

​—Extrañaba lo que es mío, Melani. Hay hilos que nunca se cortan, por mucho que se intenten anudar a otros nuevos. Diego y yo compartimos una estructura que una... —me miró de arriba abajo— ...recién llegada, difícilmente podría comprender.

​En ese momento, sentí la presencia de Diego antes de escucharlo. Se detuvo a mi lado, y el silencio que cayó sobre nosotros tres fue tan pesado que juraría que las notas de la orquesta se distorsionaron.

​—Verónica —la voz de Diego fue un susurro roto, una mezcla de horror y una fascinación que intentó ocultar tras su máscara de hierro.

​—Hola, Diego —dijo ella, y por un segundo, su voz se volvió suave, casi íntima, ignorándome por completo—. Veo que sigues teniendo buen gusto para las joyas. Es adecuada para ella...

​Diego me miró, y luego a ella. Estaba pálido. El hombre que gestionaba puertos internacionales y crisis de logística parecía no saber dónde poner las manos. La "soberanía" de la que tanto se jactaba se estaba desmoronando frente a la mujer que, evidentemente, todavía habitaba sus pesadillas. Ver cómo mi hombre de acero, frío e implacable, vacilaba ante su presencia me rompió el corazón. Pero sobre todo porque al fin entendía que cada detalle costoso traía un significado que solo ellos entendían.

​—No sabía que estarías aquí —logró decir Diego, recuperando parte de su compostura, aunque sus nudillos blancos sobre la copa de whisky lo delataban.

​—Viena es pequeña, Diego. Y los Von Seidl siempre son el centro de atención —Verónica volvió a mirarme, esta vez con una chispa de desafío puro—. Ha sido un placer, Melani. Espero que disfrutes la gala. Pero recuerde lo que dicen en estas tierras: la nieve puede cubrir las ruinas durante un tiempo, pero cuando llega el deshielo, todo lo que estaba oculto vuelve a cobrar vida.

El vals de los intrusos 1

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