Recordó la noche en que salieron los resultados de la prueba de ADN, hacía apenas tres meses.
Esa misma noche, Ricardo había ordenado que contactaran a sus padres biológicos.-
Su padre biológico era profesor de matemáticas en una secundaria, y su madre ocupaba un cargo menor en una empresa. Comparados con la familia de Ricardo, los recursos de su verdadera familia eran sumamente modestos.
Ricardo les había ofrecido cien mil, con la intención de mantener las cosas en buenos términos y, en cierto modo, darles una especie de compensación.
Ellos aceptaron el dinero.
Pero no la aceptaron a ella.
Sofía le había entregado un número de teléfono a Juliana, quien tuvo que armarse de mucho valor para marcarlo.
La mujer al otro lado de la línea guardó silencio durante mucho tiempo antes de responder:
—Ya tienes veinte años, eres una adulta... Nosotros pensamos adoptar al hijo de tu tío. Creíamos que Sofía era nuestra hija biológica y, aunque la criamos con todo el cariño del mundo, nunca logramos conectar del todo con ella. Tú creciste en otra casa, rodeada de lujos... será aún más difícil que te sientas parte de esta familia.
Nunca lograrían conectar con ella.
La motocicleta dejó atrás el lujoso camino privado de los Zambrano y se incorporó a la carretera que bajaba la montaña.
El viento soplaba con fuerza, y las luces de los postes se reflejaban intermitentes en la visera de su casco. Juliana, encogida detrás de Leo, observaba cómo las sombras de los árboles pasaban a toda velocidad. Se sentía como una hoja arrastrada por el viento, sin saber en qué lugar terminaría cayendo.
——
El Registro Civil de Bahía Coral.
Estaban a punto de cerrar. Uno de los empleados ya estaba guardando sus cosas cuando vio entrar a la pareja y se quedó algo confundido.
—¿Qué trámite desean realizar?
—Registro de matrimonio —respondió Leo con firmeza.
El empleado lo miró a él y luego a Juliana, que estaba detrás, con el casco en las manos, el cabello despeinado, los ojos hinchados y el rostro pálido. Parecía alguien que acababa de llorar a mares.
—Señorita... disculpe, pero, ¿está aquí por voluntad propia?
Juliana era impresionantemente hermosa. Incluso en ese estado tan lamentable, tenía el aura radiante de una estrella de cine. El empleado temió que la estuvieran forzando a casarse con aquel hombre de aspecto rudo y no pudo evitar hacer la pregunta.
Juliana asintió suavemente: —Sí, es mi decisión.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Frío Guardaespaldas y Falsa Heredera: De la Ruina a la Cima