La habitación permaneció en silencio durante un largo rato.
Juliana escuchaba la respiración de Leo, tranquila y regular, como si ya se hubiera quedado dormido.
El suelo debía estar helado. Lo escuchó cambiar de posición y el roce de las cobijas contra el piso produjo un ligero crujido.
Era septiembre en Bahía Coral y las noches ya empezaban a enfriar. Las ventanas de aquel viejo edificio no cerraban bien, y una brisa húmeda y cortante se colaba por las rendijas.
Juliana dudó mucho tiempo antes de atreverse a hablar en un susurro:
—Tú... puedes subir a dormir.
Nadie respondió en la oscuridad.
Pensó que de verdad se había dormido e iba a callarse, cuando la voz de Leo resonó de pronto, en un tono neutral:
—Soy muy caluroso y no estoy acostumbrado a dormir con alguien.
—Ah.
Juliana se encogió bajo las sábanas y no dijo más.
Sabía que era una excusa. A finales de septiembre y con la ventana dejando entrar el frío, era imposible que tuviera calor. Pero no lo delató. Tampoco tenía el derecho de hacerlo.
Después de todo, apenas habían sacado el acta de matrimonio ese mismo día. Ni siquiera tenían guardados sus números de teléfono.
Se dio la vuelta hacia la pared e intentó forzarse a dormir.
Pero su propio cuerpo no se lo permitió.
Ese dolor sordo que empezaba en el vientre bajo y se extendía hasta la espalda era constante, pulsante, como si algo se estuviera desgarrando por dentro. Durante el día, había logrado soportarlo gracias al estado de conmoción en el que se encontraba, pero ahora, en el silencio de la madrugada, todos sus sentidos estaban en alerta y el dolor se volvía cada vez más agudo.
Apretó las piernas y se aferró a las sábanas hasta que sus nudillos palidecieron. Empezó a sudar frío.
Algo no estaba bien.
No era solo dolor. Era una sensación de ardor incesante, como si tuviera una herida abierta empapada en agua con sal.
Juliana se mordió el labio y hundió la cara en la almohada. No quería hacer ruido. A un par de metros de ella estaba un hombre que prácticamente era un desconocido; no iba a humillarse de esa forma.
Pero la fiebre empezó a subir.
Primero le ardían las palmas de las manos, luego las mejillas, y de pronto sintió que estaba dentro de un horno. Si se cubría, el calor la asfixiaba; si se destapaba, los escalofríos la hacían temblar. Daba vueltas en la cama, incapaz de encontrar alivio.


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