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Frío Guardaespaldas y Falsa Heredera: De la Ruina a la Cima romance Capítulo 3

Nadie respondió a las palabras de Leo.

La sala permaneció en un incómodo silencio durante unos segundos. Ricardo tenía el ceño fruncido, intentando asimilar la declaración. Raquel levantó la mirada hacia Leo y luego observó a Juliana en el suelo con una expresión ilegible, pero al final no dijo nada.-

Fue Sofía quien reaccionó primero.

Suspiró suavemente: —Me parece lo correcto. Leo es un hombre responsable. Si Juliana se va con él, me quedaré más tranquila.

Qué palabras tan perfectas. No solo salvaba su propia imagen, sino que lograba despachar a Juliana de una vez por todas.

Ricardo se quedó en silencio un momento antes de hacer un gesto de desdén con la mano: —De acuerdo, váyanse.

Con un par de palabras, veinte años de amor y crianza quedaban enterrados.

El servicio no tardó en empacar sus cosas.

Aunque, en realidad, no había mucho que empacar. Solo le entregaron una bolsa de papel estraza con su identificación, su registro familiar, una tarjeta bancaria y un pasaporte vencido.

Aparte de eso, absolutamente nada más.

Veinte años de ropa, joyas, maquillaje y todo un armario lleno de bolsos de diseñador... todo lo había pagado la familia Zambrano, y de eso, no se llevaría ni un alfiler.

Cuando la empleada de servicio le entregó la bolsa, apartó la mirada, incapaz de ver a Juliana a la cara.

Leo fue quien tomó la bolsa.

Juliana estaba de pie en el recibidor, con la cabeza baja, el cabello cayéndole sobre el rostro y ocultando casi por completo sus facciones. Le temblaban las piernas; cada paso que daba se sentía como caminar sobre algodón, débil y doloroso.

Miró de reojo hacia la sala.

Nadie había salido a despedirla.

Las puertas dobles de la sala estaban cerradas, pero aún podía escuchar los sollozos ahogados de Raquel y la voz suave de Sofía consolándola: —Mamá, no te pongas así. Juliana ya tiene a alguien que se haga cargo de ella, al menos tiene un hogar...

Leo no la apresuró.

Simplemente se quedó a su lado, esperando pacientemente.

Juliana apartó la mirada, respiró hondo y dio el primer paso fuera de la mansión Zambrano.

Era septiembre en Bahía Coral y la brisa del atardecer ya traía consigo un toque de frío. En el jardín delantero, el jazmín estaba en plena floración, impregnando el aire con un aroma tan dulce que resultaba empalagoso. Antes, ese era el olor favorito de Juliana; cada otoño pedía que le recogieran una canasta entera para hacer dulce de jazmín.

Ahora, ese mismo aroma solo le revolvía el estómago.

En toda su vida solo se había subido a autos de lujo o camionetas blindadas, nunca a una moto.

Pero ya no estaba en posición de ser exigente.

Apretó los dientes y pasó la pierna sobre el asiento trasero. Un dolor punzante le atravesó la parte interna de los muslos y, sin poder evitarlo, soltó un pequeño quejido.

Leo, ya sentado al frente, la escuchó, pero no se dio la vuelta.

Simplemente le dijo: —Siéntate bien y agárrate fuerte.

Cuando el motor arrancó con un rugido, Juliana no supo de dónde sostenerse. Dudó un par de segundos antes de extender la mano y agarrar la tela de la camisa de Leo a la altura de su cintura, usando apenas dos dedos, como si estuviera tocando algo al rojo vivo.

Mientras la motocicleta cruzaba las enormes rejas de la zona residencial, el señor Zárate, el jefe de seguridad, asomó la cabeza por la garita y luego volvió a esconderse.

Los rumores volaban rápido; para ese momento, todos los empleados de la mansión debían de estar enterados.

Juliana no miró atrás.

El viento se colaba por la visera del casco, haciéndole arder los ojos. No sabía a dónde la llevaba Leo y tampoco se atrevía a preguntar. Su mente era un completo torbellino; no lograba hilar un solo pensamiento claro.

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