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Fuera de las Páginas, Dentro del Destino romance Capítulo 7

César ni siquiera levantó la vista, pero sus amigos sí voltearon hacia Niebla y se quedaron con la boca abierta.

Niebla cerró la puerta del taxi.

—Cé-Cé-César... —tartamudeó el chico del pelo rojo, que estaba más cerca de él.

César soltó una bocanada de humo con desinterés.—¿Qué te pasa? ¿Te tragaste la lengua?

—¡Hay... hay una chica súper guapa! ¡Y viene hacia acá! —gritó el del pelo naranja.

Apenas lo dijo, un par de tenis blancos inmaculados aparecieron en el campo visual de César.

El muchacho dejó de morder el cigarro y, fastidiado, levantó la mirada.

Sus ojos subieron por unas piernas esbeltas y radiantes, una falda plisada blanca y una blusa azul pastel. Un estilo elegante, pero con un toque juvenil.

Lástima que el rostro de Niebla no tuviera nada que ver con la palabra «dulzura».

Tenía unos rasgos muy marcados, sin un solo cabello fuera de lugar. Su melena parecía de seda negra y la llevaba suelta por la espalda, dejando a la vista unos finos aretes largos.

Sus proporciones faciales eran perfectas: unos ojos oscuros y brillantes, nariz ligeramente respingada y labios tan rojos que parecían pintados con jugo de cerezas.

Era innegablemente hermosa, pero con un aura de intocable. Destilaba una mezcla de cuna de oro y arrogancia que ahuyentaba a cualquiera.

Por instinto, César tiró el cigarrillo al suelo y lo pisó. Tragó saliva, pero antes de que pudiera abrir la boca...

El chico del pelo verde se adelantó: —Preciosa, César ya tiene dueña. No está repartiendo su WhatsApp.

—¿Tiene dueña? —Niebla arqueó una ceja y miró a César—. A ver, ¿a quién le andas entregando el corazón?

César giró el rostro, incómodo, y le contestó con sequedad: —¿A ti qué te importa?

Niebla no dejó pasar la insolencia.—¿Ese es el tonito para hablarme?

El arcoíris de matones se quedó sin aliento al instante.

Conociendo el carácter de César, ya debía estar hirviendo de la furia.

Si bien nunca golpearía a una mujer, su talento para humillar con una cara de témpano de hielo era brutal. Casi ninguna chica soportaba su sarcasmo sin terminar llorando a mares.

Justo cuando creían que César iba a explotar a gritos, el joven se limitó a fruncir el ceño, fastidiado.

Pasaron unos segundos eternos. Apretó los labios y, casi en un murmullo rebelde, soltó: —Pues este es mi tono, y qué.

—¿¿Eh??

Todos lo miraron como si le hubiera salido una segunda cabeza.

Capítulo 7 1

Capítulo 7 2

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