Cuando ella decidió irse a trabajar allá, ni de chiste había recibido un trato tan preferencial.
Era obvio que el mejor detective de todos tenía sus privilegios.
El elevador se detuvo y Carolina fue la primera en salir. Sacó sus llaves, abrió la puerta y se metió rápido a su departamento.
Al escuchar el portazo, Armando detuvo sus pasos justo frente a la puerta del lugar que rentaba.
Volteó a ver aquella puerta cerrada durante un buen rato con sus ojos oscuros y, por fin, ingresó el código de la cerradura para entrar.
El departamento estaba limpísimo y el estilo de decoración era justo el que le gustaba. Fue a la cocina, abrió el refrigerador y, tal como lo esperaba, vio que ya lo habían llenado con botellas de agua y algo de comida rápida.
Sacó un agua, la destapó y se bebió más de la mitad. En ese momento, su celular sonó.
Miró el identificador de llamadas y frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué sigues despierto?
La persona al otro lado de la línea se quedó pasmada ante su tono tan frío: —¡Condenado chamaco! Pues porque estoy esperando noticias tuyas y no puedo dormir.
—Nada más te transfirieron porque sí. ¿Acaso no te importa lo que opine tu abuelo? ¿Por qué no lo platicaste conmigo primero?
Armando se acercó al sofá y se sentó: —No había nada que platicar.
—¡Tú! ¡De verdad vas a matarme del coraje!
Parecía que el enojo iba en serio, pues a través del teléfono se escuchó un ataque de tos incontrolable.
Armando frunció aún más el ceño: —Vete a descansar ya, no necesitas preocuparte por mí.
—¿Cómo que no me preocupe? Eres el único nieto que tengo, ¿por quién más me voy a preocupar? ¡Desde niño siempre has hecho lo que se te da la gana, nunca escuchas a nadie! Te pedí que tomaras las riendas de la empresa, pero ah no, a fuerza quisiste meterte a la academia de policía. Te graduaste y de verdad te hiciste policía, ¡y para el colmo te fuiste a la línea de fuego como detective! Cuando tus papás fallecieron te dejaron a mi cargo. Si te llega a pasar algo, ¿qué cuentas les voy a dar cuando me vaya al otro mundo?

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