El simple hecho de haberle salvado la vida a Doña Elia Valdés era motivo más que suficiente para que las altas esferas lo tomaran en cuenta y la premiaran.
Sumado a su milagrosa medicina y a su indudable talento, seguro que los directivos tardarían un tiempo en debatir su caso.
Pero Vera ya había sido nombrada Profesora Asociada por Mérito, ¿a dónde más podrían ascenderla? Probablemente iban a tener que pensar bien de qué manera compensarla.
A ella, sin embargo, eso no le quitaba el sueño. A la hora de salvar una vida, no había tiempo para pensar en reconocimientos.
Sobre todo tratándose de Doña Elia, una mujer excepcional que había aportado tanto al mundo de la medicina, siempre con el afán de proteger la salud de la gente común.
—Director Zárate, tiene visitas.
Un asistente se había acercado por detrás para avisarle.
Vera se giró para preguntar: —¿Quién es?
El asistente se rascó la cabeza antes de responder: —Es el Señor Sebastián Zambrano.
Vera frunció el ceño, desconcertada. ¿Qué demonios estaba haciendo Sebastián Zambrano allí?
Intercambió una mirada con Pedro y, sin molestarse en quitarse la bata de laboratorio, subió las escaleras junto a él.
La visita inesperada no era solo de Sebastián; a su lado, muy cómodamente sentada, estaba Silvana.
Silvana parecía estar celebrando alguna victoria. Se la notaba de muy buen humor, con las piernas elegantemente cruzadas, inclinando la cabeza para susurrarle confidencias a Sebastián mientras sus ojos brillaban de alegría.
Vera cruzó la puerta.
Fue en ese momento cuando Sebastián levantó la vista hacia ella.
Pedro, con su amplia experiencia manejándose en ese mundo corporativo, sabía que la cortesía profesional iba primero. Se acercó con actitud diplomática: —¿A qué debemos el honor de su visita, Señor Zambrano? ¿Hay algún asunto importante?
Vera llevaba todo el día trabajando sin haber bebido un solo sorbo de agua. Aprovechando que se saludaban, fue a la pequeña área de la cafetería para servirse agua. Al darse la vuelta con el vaso en la mano, lo notó.
Se dio cuenta de que Sebastián ya se había cambiado de ropa.
El traje con el que la había cubierto ya no estaba; se había puesto un atuendo completamente nuevo, de pies a cabeza.
Era como si, al haber sido tocado por ella, lo hubiera desechado intencionalmente para no "contaminarse".
El asco en ese gesto era más que evidente.
Al ver que Vera cumplía su orden sin rechistar, Silvana dio por sentado que no tenía ningún peso real en Héxilo Digital; de lo contrario, no actuaría como una simple empleada.
Echó un vistazo a su té y soltó: —Director Zárate, tal vez usted no esté al tanto, pero el día de hoy, su empleada Vera me agredió físicamente de manera intencional.
A Vera no le sorprendió en absoluto.
Como se lo imaginaba: venía a cobrarse la bofetada.
Simplemente se sentó en el sillón individual que estaba enfrente, se cruzó de brazos y esperó a ver qué más decía Silvana.
Pedro, en efecto, no tenía ni idea, pero tampoco se inmutó. Después de todo, ¿acaso que la esposa le diera su merecido a la amante iba en contra de las leyes o las buenas costumbres?
—¿Y qué intenta decirme con eso, Señorita Iriarte?
—A ver, entiendo que hoy Vera dejó en alto el nombre de Héxilo Digital al salvar a Doña Elia. Es un gran honor, y el prestigio de su empresa seguramente se disparará. Estoy segura de que no le gustaría que un escándalo de su empleada arruinara la reputación de la compañía. Lo entiendo perfectamente. Por eso, he decidido no presentar cargos legales; tómelo como un favor personal hacia usted, Director Zárate.
Pedro enarcó una ceja: —Vaya al grano, Señorita Iriarte.
Silvana curvó los labios en una sonrisa de triunfo, segura de que tenía todas las de ganar: —El motivo por el que Sebastián y yo vinimos hoy a charlar con usted, es porque quiero entrar como accionista y socia directa en Héxilo Digital.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...