Ese broche era una edición limitada de la que existían muy pocas piezas en el mundo.
Incluso teniendo todo el dinero del mundo, no era fácil de conseguir.
La marca ofrecía un servicio exclusivo para personalizar detalles, y la pieza que él le regaló a Vera llevaba grabada en la parte trasera una pequeña frase en francés.
Pero este broche que tenía ahora...
No la tenía.
Entonces.
¿En qué momento lo habían cambiado?
¿Y quién podría haberlo hecho? ¿Con qué propósito?
Sebastián no evitó en absoluto la mirada incisiva de Adriano. Sus oscuras pupilas no mostraron la más mínima emoción, volviéndolo aún más indescifrable.
Sin embargo, Adriano no expuso sus cartas.
Porque no era necesario.
En ese momento, tanto para él como para Vera, era mejor fingir que no había pasado nada.
Y desde luego, no había razón alguna para que Vera tuviera que enterarse de eso.
Por lo tanto, dijo:
—Disculpe la falta de atención. Los amiguitos de mi hija ya están aquí y tengo que ir a acompañarla. Con permiso.
Sebastián no respondió.
Leo le lanzó una mirada a Sebastián y luego observó la espalda de Adriano alejándose.
—¡Sebastián! Siento que este señor Herrera tiene muy malas intenciones —dijo, obviamente defendiendo a su amigo—. Él sabía perfectamente que ustedes dos estaban casados, ¿acaso no se metió en el matrimonio a propósito? Y ahora, al tenerte frente a él, no siente ni una gota de culpa. Es más, la familia Herrera hasta tiene el descaro de invitarte. Qué gente tan curiosa.
Leo estaba furioso.
¿Acaso Adriano no había sido el tercero en discordia?
Sin importar los problemas que tuviera un matrimonio, nadie tenía derecho a meterse, ¿verdad?
Y lo peor era...
Leo se sentía frustrado al ver a Sebastián tan tranquilo y le preguntó:
—Sebastián, ¿cómo es que no estás enojado? ¿No quieres estallar? ¿Acaso no sientes nada? ¿Por qué sigues tratándolo con tanta diplomacia?
Sebastián apartó la mirada del camino por el que se fue Adriano y soltó un simple:
—Ajá.
¿Ajá?
¿Qué quería decir con ese "ajá"?
Leo sentía que se quemaba por dentro.
Al ver a Alexa, a Leo pareció cruzarle un pensamiento por la mente. Su expresión se tornó un poco extraña, y solo atinó a murmurar un desganado:
—Buenas tardes.
El único que reaccionó diferente fue Sebastián.
Sus profundos ojos negros se posaron de manera descuidada en el rostro de Alexa.
Cuando las miradas de ambos se cruzaron, ella se paralizó.
Pero Sebastián no dijo ni una sola palabra. Apartó la vista con una frialdad que rayaba en el desprecio y se alejó de allí.
Ni siquiera se dignó a fingir cortesía.
Alexa miró las espaldas de ambos hombres alejándose.
Y de nuevo bajó la mirada, triste, retorciendo la tela de su vestido.
-
En las afueras del hotel.
Cuando Silvana llegó con una gorra ocultando su rostro, se topó con un evento sin precedentes.
La fiesta de la pequeña heredera de la familia Herrera tenía la atención de toda la ciudad.
Todo ese glamour, todo ese derroche de riqueza y poder al que ella ya no podía aspirar, se había convertido en un puñal que la atravesaba sin piedad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Me gusta la historia, pero creo que le han puesto demasiado a la trama y se está haciendo muy larga...
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...