Hasta que sus ojos se posaron en la figura débil del hombre tendido en la camilla, nunca antes lo había visto en un estado de tanta vulnerabilidad. Descansaba inmóvil; aquel rostro siempre soberbio e impecable ahora carecía de todo color, aferrándose a la vida únicamente gracias a las máquinas médicas.
En el silencio de la sala, los pitidos de los equipos resultaban perturbadores.
Eran el eco de que sus signos vitales pendían de un hilo, como si estuvieran a punto de desmoronarse en cualquier instante.
Su respiración era tan frágil que parecía poder detenerse de un momento a otro.
Vera se sentó a su lado, en absoluto silencio.
No lo tocó.
Solo empezó a murmurar: —Siempre has sido de tomar tus propias decisiones. Acostumbrado a resolverlo todo tú solo, sin dejar que nadie supiera absolutamente nada.
—Para ser honesta.
—Realmente odio esa actitud tuya de planearlo todo en silencio. Aunque sea por mi propio bien, solo logras frustrarme.
Vera se quedó mirándole la cara: —Calculaste todo para dejarme un futuro asegurado, dándome lo que creías que era lo mejor y lo más seguro.
—A veces eres verdaderamente incomprensible, Sebastián.
Pero...
Vera notó que en sus finos párpados había un tenue rastro rojo, y sus pestañas parecieron agitarse, aunque quizás fue solo una ilusión.
—Sé que hiciste lo único que estaba en tus manos.
Desde niño creció sin amor, rodeado de familiares que eran lobos con piel de oveja. Fue testigo de atrocidades: la frialdad de su padre, la muerte de su madre; y ni siquiera sus abuelos dudaban en usarlo como pieza de ajedrez. Nadie lo protegió jamás.
Lo único que aprendió fue a calcular cada paso para sobrevivir.
Y actuó igual con ella.
La única manera que conocía para protegerla, lo único que se le ocurría desde su visión rota del mundo, era quebrarse la cabeza tratando de entregarle todo lo que pudiera darle.
Si la compañía de fideicomisos no la hubiera contactado antes, lo más probable es que si él hubiera muerto, ella jamás se habría enterado de su sacrificio; habría seguido recibiendo el dinero todos los años, como si él siguiera vivo velando por ella.
Vera guardó silencio.
Y permaneció allí sentada por mucho tiempo.
—Si quieres pedirme disculpas, Sebastián, tendrás que despertar y decírmelo a la cara.
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Julián y los demás terminaron enterándose de lo del fideicomiso.
Como todo se gestionaba allí en Suiza y Vera estaba físicamente presente, los abogados encargados la contactaron, lo que hizo imposible que la noticia pasara desapercibida.
—... O sea que él ya sabía que iba a morir y por eso dejó todo planeado desde hace tantos años —comentó Julián, con el ceño fruncido y el corazón lleno de contradicciones.
—Con razón nunca me hizo caso. Tenía el corazón tan lleno que no le quedaba espacio para nadie más.
Daniela, al enterarse, finalmente sintió una especie de alivio.
No es que ella no fuera suficiente.
Es que Sebastián había exprimido hasta la última gota de su propia alma para entregársela a Vera; él mismo se había quitado cualquier ruta de escape.
—¿Y cuándo se supone que Sebas va a despertar?
Leo ya se imaginaba que algo así sucedería y había visto tantas locuras que esta ya no le resultaba tan sorprendente.
Solo quería saber cómo lograrían sacarlo del peligro de una vez.
Julián desvió la vista hacia donde estaba Vera.
Ella estaba en una videollamada con Lina. En su rostro no había ni un atisbo de tristeza o preocupación; parecía que no pasaba nada malo, e incluso hacía reír a la niña con carcajadas, mostrándole una sonrisa llena de ternura. No le había contado a la pequeña los detalles de la situación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Me gusta la historia, pero creo que le han puesto demasiado a la trama y se está haciendo muy larga...
¿Cuándo se publicaran más capítulos?...
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...