Justo cuando Patricio estaba a punto de marcharse, su teléfono vibró. Era una llamada desconocida, así que pensó que era de un paciente y rechazó la llamada sin pensarlo.
Al cabo de un rato, recibió un mensaje de texto: «Soy Emir Luna».
«¿Señor Luna?».
Agitado, llamó al número sin demora.
—No esperaba que me llamara, señor Luna. Estoy encantado. Em… Siento mucho lo que pasó ayer…
Emir fue directo al grano.
—Deja de hablar. ¿Quieres aprender Aguja del Noveno Renacer?
Aquella oferta asombró a Patricio por un momento antes de asentir con vehemencia.
—¡Por supuesto! No solo eso, sino que mi profesor también quiere aprenderlo. Lleva dos días hablando de estudiar con usted.
—¿Tu profesor?
—Sí, Darío Rodríguez, el famoso doctor.
Se hizo un breve silencio antes de que Emir volviera a hablar con voz extraña.
—Esto significa que estás familiarizado con Leonel, ¿correcto?
—Sí. Ambos estudiamos con el señor Rodríguez. Pero, mi relación con él es terrible. ¿Acaso es usted su amigo, señor Luna? —preguntó Patricio con cuidado.
—Es mi enemigo.
—¡Genial! —soltó Patricio antes de darse cuenta con rapidez de que había hablado mal y explicó—: Lo siento, señor Luna. No pretendía ofenderlo. Lo que intentaba decir es que ese b*stardo de Leonel no merece ser su amigo.
—Deja de adularme. En dos días, Leonel abrirá una clínica frente a Clínica Albaricoque. Quiero que invites a algunas personas para que me ayuden a arruinar la inauguración.
—Claro. Envíeme la dirección. Le prometo que quedará satisfecho con los resultados.
Al terminar la llamada, Patricio se sintió tranquilo, como si un rayo de sol hubiera atravesado las oscuras nubes y lo hubiera iluminado.
Luego soltó una carcajada salvaje.
—Ja, ja, ja… ¡Oh, Leonel! No deberías haberte opuesto a mí cuando aún éramos estudiantes. Ahora, ¡incluso le has pisado el dedo al señor Luna esta vez! Te mereces lo que venga.
Por supuesto, nunca le diría a Leonel la verdad.


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