Patricio llegó a casa de Darío y se topó con Leonel, que se marchaba. Los dos se limitaron a resoplar y a actuar como si no se conocieran.
En ese momento, un anciano con camisa blanca estaba bajo la sombra de un árbol practicando yoga. Ese hombre no era otro que Darío.
Aunque ya tenía más de setenta años, seguía siendo un anciano sano porque se empeñaba en practicar yoga a diario.
Por muy sano y en forma que estuviera, no pudo evitar emocionarse demasiado y vomitar sangre cuando escuchó que alguien había ejecutado la Aguja del Noveno Renacer. Con esto, era obvio que ésta era una técnica muy valiosa.
—¡Estás aquí, Patricio! —Darío dejó lo que estaba haciendo y sonrió.
Patricio asintió.
—Me encontré con Leonel hace un momento, señor Rodríguez.
—Sí. Me dijo que iba a abrir una clínica de medicina tradicional y me invitó a ayudarlo.
—¿Estuvo de acuerdo, señor Rodríguez?
Darío se rio y sacudió la cabeza.
—Uno debe confiar en su propia capacidad para abrir una clínica. No llegará lejos si utiliza trucos poco ortodoxos. De ahí que lo criticara y lo echara.
—Muy bien.
—¿Estás aquí porque escuchaste hablar del asombroso doctor?
—Sí.
—¿Hablas en serio? —Darío saltó delante de Patricio, lo agarró de los hombros y lo sacudió de forma violenta.
Patricio se sobresaltó.
—¡Cálmese, señor Rodríguez!
Darío empezaba a impacientarse cuando urgió:
—¡Rápido! Llévame a verlo. Quiero ser su discípulo.
Darío valoraba los conocimientos de la medicina tradicional más que la vida misma. De hecho, había dedicado toda su vida a ésta, y por eso podía llegar a ser el mejor del país. A pesar de haberse jubilado, seguía sin poder dejar de pensar en sus logros pasados.


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