—¿Cómo puede alguien hacer algo tan despreciable?
—Independiente de quién sea esa persona, creo que debe respetarlo. ¿Por qué no esperamos a que abra la nueva clínica? Puede ir a decirle unas palabras para bajarle los humos. Así le hará un favor al señor Luna.
Darío se golpeó el muslo y exclamó:
—¡Buena idea! Eres un tipo listo, ¿verdad? Hagámoslo. Ven a recogerme cuando ese idiota abra su nueva clínica.
—Claro.
Patricio estaba en las nubes cuando salía de casa de Darío.
«¡Oh, Leonel! ¡No eres rival para mí!».
—Papá, ¿qué dijo el señor Rodríguez? —preguntó Reinaldo.
—¡Siéntate y disfruta del espectáculo!
Dos días después, fue la gran inauguración de la Clínica Cuatro Pilares de Leonel.
Durante los dos últimos días, Leonel había estado contactando con todos sus asociados y realizando actos promocionales para la gran inauguración.
De ahí que aquel día el local estuviera abarrotado.
Por otro lado, Camila estaba por completo destrozada. Si Emir no la hubiera consolado, habría mantenido Clínica Albaricoque cerrado durante todo el día.
De repente, vio pasar a alguien conocido.
—¿Hele? ¿Qué haces aquí?
Camila abrió los ojos, sorprendida de ver a Helena saliendo de Cuatro Pilares desde el otro lado de la calle.
—¿No dijiste que ibas a presentarte al examen de acceso a la universidad, Hele? —Camila tenía un presentimiento.
Helena respondió con timidez:


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