Al darse cuenta de que Emir estaba sin aliento, Cordelia frunció el ceño y se acercó para agarrarle la oreja.
—¿En verdad son tan adictivas las tareas manuales? Lo hiciste ayer, y hoy vuelves a hacerlo. ¿Todavía quieres tus riñones o no?
—¡Delia, esto es en verdad un malentendido!
Para ser sincero, Emir no había esperado que ella siguiera malinterpretándole a pesar de que hoy no había cerrado con llave su habitación.
«¿Soy tan pervertido a sus ojos?».
—¡No me importa si esto es un malentendido o no! A partir de ahora no puedes quedarte sin hacer nada en casa. De lo contrario, ni siquiera tener diez riñones será suficiente para ti —bramó.
Forzó una sonrisa irónica.
—Delia, estás exagerando.
—¿Estoy exagerando? —Ella lo fulminó con la mirada—. Estás siendo un irresponsable. ¿Cómo vas a satisfacer a tu futura esposa si agotas toda tu vitalidad? Creía que habías mencionado que te casarías con todas nosotras. ¿Estás seguro de estar a la altura?
«¿Eh? ¿Qué quiere decir con eso?».
Emir se golpeó la frente.
—¿Estás diciendo que mientras pueda soportarlo de manera física, todas ustedes estarán dispuestas a casarse conmigo?
Cordelia se quedó un poco sorprendida.
«¿Cómo había llegado a esa conclusión? Pero... eso suena bastante bien».
De ahí que, para animarle a cuidar mejor su cuerpo, borró de pronto la expresión distante de su rostro y sonriera radiante.
—Por eso necesitas practicar el autocontrol.
«¡Hay esperanza! Después de todo, ¡hay esperanza!».
Lo que había empezado como un malentendido había permitido a Emir ver la esperanza después de escuchar sus palabras.

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