Violeta notó que en la cara de Irmina no había ni el más mínimo desprecio ni enojo hacia ella. Mordió suavemente su labio y dijo en voz baja:
—Señorita Monroy, de verdad reconozco que me equivoqué. Por favor, ayúdame, pídele al señor Fuentes que no me destruya la vida.
Irmina escuchó las palabras de Violeta y en sus ojos se asomó un destello de duda. Su voz fue tranquila al responder:
—Profe Ávila, creo que malinterpretaste las cosas. Elián ha estado muy ocupado estos días con su trabajo, no tiene tiempo ni cabeza para seguir persiguiéndote.
—Invertir tanta energía en ti sería un desperdicio para él.
Irmina conocía bien a Elián.
Era imposible que, después de despedir a Violeta, él siguiera haciéndole la vida imposible.
Al final de cuentas, Violeta no era tan importante.
No valía la pena gastar energías en eso.
Pero Violeta no creía lo que Irmina le decía.
Estos días, en cada lugar donde intentaba postularse, la rechazaban. Casi todos sabían ya que ella había intentado seducir a Elián y había fracasado.
Ninguna familia quería volver a contratarla como tutora, y tampoco ninguna escuela le daba una oportunidad.
Violeta jamás había recibido tantos rechazos. Desde que estudiaba en la universidad, ya daba clases particulares.
Siempre había tenido muchos contactos.
Y muchas familias para las que trabajó antes le recomendaban otras casas donde necesitaban profesores.
Pero ahora, todos sus recursos se habían vuelto inútiles.
La gente de su círculo temía que intentara ligarse a los esposos.
Violeta sentía que lo poco que había hecho no era motivo para que todos le tuvieran miedo, así que estaba convencida de que había alguien detrás moviendo los hilos.
Irmina levantó la mirada hacia Violeta y le respondió con calma:
—Lo sé, por eso te di la oportunidad de trabajar en la escuela.
—Tu currículum no era nada del otro mundo, tú bien sabes quién te ayudó a entrar aquí. Yo pensé que, si te comportabas y cumplías con tu trabajo como debía ser, no tenía por qué hacer un escándalo.
—Después de todo, todos somos humanos, y a veces las emociones se nos salen de control. Pero creo que la mayoría, cuando tiene sentido común, sabe cuándo parar.
—Pero profe Ávila, tú no fuiste como yo imaginaba. No supiste parar a tiempo, y en vez de eso, seguiste de frente.
Violeta apretó fuerte los labios y miró a Irmina con incredulidad.
—¿Así que siempre supiste lo que sentía por el señor Fuentes?
—¿Siempre lo supiste, pero nunca me lo dijiste, solo me mirabas haciendo el ridículo delante de ti, como si fuera una payasa?
—¿Ver cómo el señor Fuentes me ignoraba una y otra vez te hacía feliz, te hacía sentir mejor que yo?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Hasta Nunca, Bastardo del Amor!