Lionel se quedó helado al oír esa voz. Su rostro cambió drásticamente y preguntó con frialdad.
—¿Eres Urbano?
Urbano estaba a punto de colgar, pero al oír su nombre, apretó el celular.
—Sí.
Lionel respiró hondo, sintiendo que el aire se le atascaba en los pulmones. Con voz grave, dijo:
—Camila está enojada conmigo, por eso se fue contigo. ¿Dónde estás? Voy a buscarla.
—Lo siento —respondió Urbano con calma—. Camila vino por su propia voluntad. No sé qué pasó entre ustedes, pero en este momento, no pienso ir en contra de sus deseos. Disculpa.
Dicho esto, Urbano colgó y dejó el celular de Camila sobre la mesa.
Apenas lo hizo, se giró y vio que la mujer, que hasta hace un momento parecía dormir en el sofá, ahora lo miraba con los ojos bien abiertos y una claridad total.
Urbano se sorprendió un poco. Miró su propia mano, sintiéndose un poco culpable.
—Perdón, vi que la pantalla no dejaba de iluminarse y me preocupé de que fuera algo urgente, por eso contesté.
Camila tomó su celular y vio la llamada de Lionel. Frunció ligeramente el ceño.
Al verla en silencio, Urbano añadió en voz baja:
—¿Era alguien importante? Si es así, puedo llamar y explicarle todo ahora mismo.
Camila negó con la cabeza. —No es importante.
Desde el momento en que Lionel la acusó injustamente, dejó de serlo.
Lionel nunca había confiado en ella. Incluso si llegaran a estar juntos, siempre estarían llenos de conflictos.
Y Camila ya no quería lidiar con más conflictos.
Urbano soltó un suspiro de alivio disimuladamente.
Camila notó que tenía una manta encima, una que Urbano le había puesto mientras dormía.
—Tu madre me dijo que estabas en el cuartel de la sierra —dijo en voz baja—. ¿No pasa nada si te tomaste un permiso para volver así de repente?
Mientras hablaba, se sentó en el sofá, con los pies descalzos sobre el suelo.
Sus ojos se enrojecieron al instante.
Al verla así, Urbano se apresuró a darle un pañuelo para consolarla.
Camila lloró en silencio por un rato, luego levantó la mirada hacia él y dijo en voz baja:
—La verdad es que no soy de llorar mucho. Normalmente, soy yo la que hace llorar a los demás. Soy una persona muy cruel, nada buena.
—Aun así, señor Salcedo, ¿todavía querrías tener una cita conmigo, casarte conmigo?
Un sollozo interrumpió sus palabras.
Urbano le dio unas suaves palmadas en la espalda, y con un tono firme y sin la menor vacilación, respondió:
—Sí, quiero.
Camila se quedó paralizada, mirándolo fijamente, y por un momento olvidó cómo llorar.
Poco después, un hipo entrecortado escapó de sus labios, pero su expresión seguía siendo de total incredulidad.

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