TOMO 3. CAPÍTULO 106. Una tortura dosificada
Liliana.
Escucho el alboroto afuera y mis sentidos se agudizan al instante. Algo está mal. Lo sé, lo siento en la forma en que mi piel se eriza con anticipación, pero no tengo miedo. Hace mucho que dejé de tenerlo, pero la adrenalina, en cambio… esa no pasa.
Yo estoy con mi hijo poniéndole su vacuna, Brianna fue primero y sé que ahora está en el pasillo, pero está con Beri y eso es como tener un chaleco antibalas estando dentro de un tanque de guerra, así que sea lo que sea que hay afuera, sé que mi hija está a salvo.
Sin embargo antes de que pueda acercarme a la puerta, Arthur entra a la habitación con expresión seria y cierra detrás de él.
—Tienes que salir por la otra puerta —dice sin rodeos, pero con esa calma suya que nunca pierde.
Sobra decir que tuve que contarle toda la verdad para que hiciera este viaje conmigo, y sé que puedo contar con su ayuda y su lealtad.
—No me digas que tengo tanta suerte y Logan está ahí afuera —pregunto, aunque en el fondo ya lo sé.
—Sí, ahí está el cucaracho, y no solo eso, sino que los reconoció…
—Los aretes —sonrío adivinando porque no puedo conocerlo más, a pesar de todo tengo esta certeza de que me anticiparé a cada movimiento suyo.
Arthur respira hondo y me observa con esa mirada que siempre utiliza cuando quiere asegurarse de que estoy bien.
—¿Qué está haciendo? —insisto, aunque el nudo en mi garganta crece con cada segundo.
—Está causando un escándalo —responde, y sin dejarme tiempo para procesar, añade—: Si no quieres encontrártelo ahora, Beri, la nena y yo nos reuniremos contigo en el estacionamiento en diez minutos —me avisa y yo decido en segundos.
—Bien, en diez minutos. Ya sabes lo que tienes que hacer —le digo y mi firmeza no se rompe.
Arthur se queda en silencio por un instante, y luego asiente, con una sonrisa ladeada.
—Todo por la jefa.
Se da la vuelta y apenas sale, camino hacia la puerta y la entreabro solo un poquito, pero lo suficiente como para ver lo que está ocurriendo afuera.
Logan está allí, parado en medio del pasillo como una tormenta que amenaza con arrasar todo a su paso. Tiene los ojos fijos en mi hija y está claro que su mente está trabajando a mil por hora. Vincent está a su lado, intentando razonar con él, y yo sé que eso es completamente inútil.
—¡Dime dónde está la madre de esa niña! —grita Logan, con la voz rota de desesperación, y Vincent le pone una mano en el hombro.
—Logan, tranquilízate. Así no vas a conseguir nada.
—¡No me digas que me tranquilice! —le espeta Logan, apartándolo de un manotazo, y luego fija la mirada en Arthur, que avanza hasta Brianna y la toma en sus brazos—. ¿Tú quién eres? ¿Dónde está su madre?
Arthur ni siquiera se inmuta, como siempre su compostura es impecable.
El silencio que sigue es ensordecedor. Siento cómo mi corazón se acelera hasta el punto de doler, y Logan parece congelado, como si esas palabras lo hubieran golpeado en lo más profundo.
Vincent, por su parte, intenta calmar la situación lo mejor que puede, porque sabe que si dan un paso el equipo de seguridad les pondría la paliza de su vida y con razón.
—Logan, no es el lugar para esto. Mira, podemos hablar con calma, pero no aquí.
Pero Logan está en un shock del que es difícil salir, mirando a Brianna con una expresión que comprendo perfectamente, mi hija es mi retrato así que obviamente lo obliga a recordarme, a preguntarse, a torturarse.
Finalmente, Vincent lo jala del brazo, como si intentara evitar que haga algo de lo que se pueda arrepentir. Y lo último que escucho antes de cerrar la puerta es la voz de Logan, rota y cargada de una mezcla de rabia y dolor.
—¡Liliana!
No espero para escuchar más. Me giro y salo por la otra puerta, hacia el pasillo trasero que va al estacionamiento. Mi mente está dividida entre el alivio de que Arthur manejara la situación y el peso de todo lo que acaba de suceder.
Cuando llego al auto, Beri ya está allí con Brianna en brazos. Arthur aparece unos segundos después detrás de mí y me dedica una pequeña sonrisa.
—Todo bajo control, jefa.
Asiento mientras me subo a la camioneta y mientras nos alejamos del hospital, siento cómo mi resolución se fortalece. Esto apenas comienza, señor Greñitas, pero tu tortura vendrá dosificada, no tengo prisa.

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