Entrar Via

IMPERDONABLE romance Capítulo 107

TOMO 3. CAPÍTULO 107. Tiene que ser suya

Logan

El aire se siente espeso, pesado, mientras veo cómo ese hombre se lleva a la niña que no puedo dejar de mirar. Brianna. Ese nombre ya me resulta imposible de sacar de mi mente. Vincent me detiene antes de que haga algo estúpido, pero cada fibra de mi cuerpo me grita que lo persiga, que lo detenga, que exija respuestas.

—Logan, no. No aquí, no ahora —dice Vincent, poniéndose frente a mí como si tuviera miedo de que salga corriendo tras ellos.

—¡Los aretes, maldit@ sea! —respondo, furioso, señalando la dirección por donde desaparecieron—. ¡Eran de Liliana!

—¡Y también podrían ser una copia, o una coincidencia! ¡A lo mejor al diseñador le gustaron y los replicó! —intenta razonar, aunque sé que ni él se lo cree—. No podemos armar un escándalo en medio del hospital.

Pero no hay nada que pueda quitarme esta sensación de que esa niña es muy cercana a mí.

Vincent suspira y me sujeta del brazo.

—Vamos a casa. Necesitas pensar con claridad.

Casi tengo que ser arrastrado al auto. Estoy tan consumido por la furia, el desconcierto y esa sensación de vacío que me persigue desde hace meses, que ni siquiera sé cómo llegamos de vuelta a la hacienda.

Al día siguiente no puedo más. Llamo directamente al director del hospital, saltándome todos los procedimientos habituales y solo doy una orden.

—Necesito saber el nombre de la niña que estuvo ayer en el área pediátrica recibiendo una vacuna. Busca en las cámaras de seguridad con quién discutí, el hombre llevaba a una bebé con unos aretes de rubíes tallados en forma de fresas.

“Señor St. Jhon…”

—¡Ni siquiera me digas que no puedes darme esa información! ¡El maldito hospital es mío! —lo interrumpo, casi gritándole—. Y más te vale hacerlo, o mañana mi hospital tendrá un director diferente. Tienes cinco minutos.

Hay un largo silencio al otro lado de la línea antes de que finalmente su voz vuelva a escucharse.

“Señor St Jhon…según los registros, la niña se llama Brianna Valencia”.

Valencia. El apellido golpea mi mente como un eco distante. Me resulta familiar, pero no puedo recordar de dónde.

—¿Quiénes son sus padres? —pregunto con ansiedad, pero no puede darme una respuesta completa.

“La niña no figura en nuestros expedientes médicos, señor St Jhon, solo estaba de paso por una vacuna reglamentaria para entrar al país. Los trajo personal médico del aeropuerto y no dejaron más datos que su nombre”.

Cuelgo el teléfono y me dejo caer en el sofá de mi despacho, con la cabeza entre las manos. ¿Valencia? ¿Por qué me suena tanto ese apellido?

Pero no puedo seguir autoflagelándome porque Vincent entra en la habitación unos minutos después.

—¿Alguna novedad?

—La niña se llama Brianna Valencia.

Vincent me mira con el ceño fruncido.

—¿Valencia? ¿Te suena?

—Sí… pero no sé de dónde. Es como si… —Me interrumpo, frustrado—. ¡No puedo recordar! ¡Maldición! —grito lanzando todo lo que tengo enfrente contra la pared sin importarme qué se rompa.

Mi hermano suspira y se sienta frente a mí.

Y una hora más tarde, en efecto, estoy sentado en el auto con Vincent, que luce igual de desganado que yo solo porque Carolina viene sentada detrás.

Llegamos al lugar de la reunión poco después, y reconozco a todos los hacendados ya están allí, reunidos en pequeños grupos, discutiendo con seriedad.

Las mujeres que no necesitan quedarse se van a no sé qué cenador a relajarse y los dueños de las tierras nos quedamos para la reunión que comienza. Como era de esperarse, la conversación gira en torno a la nueva ley y cuánto puede afectarnos. Respuesta corta: mucho.

Todos están molestos con las restricciones que el gobernador quiere imponer y se discuten diferentes opciones para enfrentarlas. Yo apenas escucho. Mi mente sigue en otra parte, en una niña con ojos oscuros y aretes de fresas.

Finalmente, uno de los hacendados dice algo que me hace prestar atención.

—¡Es que no sé para qué estamos discutiendo tanto si no podremos concretar nada sin la participación del dueño del trainta por ciento del condado!

Miro a mi alrededor, confundido.

—¿Quién tiene el veinte por ciento del condado? —pregunto porque de verdad no sabía nada de esto.

—Una empresa extranjera —responde alguien.

—¿Y saben quién es el dueño? —pregunto, tratando de sonar casual.

—No. Por eso invitamos a su CEO. Es imposible localizar al propietario, pero sabemos que el CEO está al tanto de todo. Debe estar por llegar.

Cinco minutos más de discusión inútil y por fin anuncian que el hombre al que todos estaban esperando acaba de llegar.

Me giro igual que todos los demás, pero la figura en la puerta me deja mudo: es el tipo del hospital, el CEO de quién sabe qué puñetera compañía que ahora casi es dueña del condado… es él.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: IMPERDONABLE