TOMO 3. CAPÍTULO 125. Una opción peligrosamente tentadora.
Liliana
Despierto en una cama de hospital, con el aire oliendo a desinfectante y un pitido insistente que viene de alguna máquina junto a mí. Me toma un segundo recordar dónde estoy, pero lo primero que noto es que la cabeza me late como si alguien estuviera taladrándola desde dentro.
Gimo, llevando una mano a mi frente, pero antes de que pueda hacer algo más, una voz familiar rompe el silencio.
—Ya era hora de que despertaras, señorita “soy un problema con patas”.
Abro los ojos con dificultad y ahí está Arthur, sentado en una silla junto a mi cama con su típica expresión de burla controlada. Lleva una revista en la mano, como si estuviera disfrutando de una tarde tranquila en lugar de preocuparse por mí.
—Piernas, lindas piernas, por cierto —lo corrijo—. Por favor dime que no me falta ningún pedazo —le digo y mi voz sale más ronca de lo que esperaba.
Arthur cierra la revista con un golpe seco y arquea una ceja.
—No, pero lamento informarte que tuvieron que extirparte el sentido común —sentencia con crudeza—. O quizás no lo tenías y solo me lo han dicho para sacarme dinero. No se puede saber.
Intento reír, pero apenas consigo soltar un resoplido porque el dolor de cabeza no me lo permite.
—¿Qué tan mal estoy? —pregunto, tanteando la venda que siento en mi frente.
—Contusión leve, nada grave, pero tendrás una linda cicatriz de ocho puntos en la frente. —Se inclina hacia mí, como si estuviera contándome un secreto—. Personalmente, creo que te dará un aire de pirata.
—Perfecto. —Suspiro—. Siempre quise ser una pirata sexy.
Arthur se ríe por lo bajo, pero luego su rostro se ensombrece un poco. Lo conozco lo suficiente para saber que algo más está pasando.
—¿Qué fue lo que pasó? —le pregunto porque todo está demasiado borroso en mi cabeza.
—Pues que tú no llevabas el cinturón de seguridad, mientras Dominic Toretto, o sea tu rápido y fastidioso, esquivó un camión que se estampó de frente contra la camioneta del cabrón de Derrick, que en paz no descanse.
Mis ojos se abren asombrados.
—¿Entonces sí fue él? La cabeza… ¿no fue un sueño?
—Según mis fuentes, no —replica Arthur y yo contengo el aliento por un segundo.
—¿Y Logan? —pregunto finalmente y Arthur se toma su tiempo para responder, lo cual ya me dice bastante.
—Preso —dice con una sonrisa maliciosa—. Lo detuvieron por provocar el accidente.
Por un segundo solo me quedo ahí, procesando. Después de todo, Logan no provocó nada. Al contrario, si no fuera por él, probablemente estaríamos muertos.
—Haz que me den el alta. —Empujo las cobijas hacia un lado e intento sentarme, aunque mi cabeza protesta de inmediato; y Arthur me mira como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
Al principio, dudan, pero tengo detrás una comitiva de abogados que parece convencerlos. Me abren la puerta, y cuando entro, Logan levanta la vista. En cuanto me ve, se pone de pie de golpe y cruza la salita hacia mí.
—¡Lili! —exclama, antes de envolverme en un abrazo.
Por un segundo, no sé qué hacer. Su abrazo es fuerte, casi desesperado, y puedo sentir el alivio en su respiración. Es como si todo el peso del mundo se hubiera quitado de sus hombros al verme.
—¿Estás bien? —me pregunta, soltándome lo justo para mirarme de arriba a abajo, como si necesitara confirmar que realmente estoy aquí, entera.
No le respondo. No porque no quiera, sino porque me llena la rabia de haber esperado ese abrazo mucho antes. En lugar de eso, me suelto de su agarre y me siento en la silla frente a la mesa.
—La vida es graciosa, ¿no? —digo finalmente, cruzando una pierna sobre la otra—. Cómo han cambiado nuestros papeles de repente, sin que yo lo planeara.
Logan se queda de pie, mirándome con una mezcla de confusión y arrepentimiento. Finalmente, se sienta frente a mí, apoyando los codos en la mesa.
—Déjame adivinar. Estás tentada a dejarme aquí —dice, con una media sonrisa que no le llega a los ojos.
Ya está empezando a descubrir todo lo que me dolió y cuánta parte de culpa tuvo en eso.
Lo miro fijamente, dejando que mi silencio sea la respuesta, pero termino asintiendo.
—Ni siquiera puedo negarlo —suspiro—. Es una opción peligrosamente tentadora.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: IMPERDONABLE