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IMPERDONABLE romance Capítulo 13

CAPÍTULO 13. Una desesperación temporal

Logan

Sus ojos se abren azorados en cuanto la última palabra sale de mi boca, ahora sí que sus mejillas parecen dos fresas para justificar ese condenado olorcito que tengo prendido de la nariz. Con esta puedo haberme casado, pero definitivamente no me la he follado, porque por donde yo paso no dejo mujeres pudorosas.

Total, que no sé qué hacer con esta mujer. Algo en mí no confía en Liliana... y aunque es cierto que me salvó la vida, mi experiencia me grita que nadie hace algo como eso gratis. La excusa del amor se la pueden tragar otros.

Me molesta verla aquí, pero me preocupa cómo demonios puso sus manos sobre el anillo de mi madre. Si hubiera tenido cualquier otro me habría tragado el cuento, pero yo sé que ni arrastrándome por la mejor mujer del mundo le entregaría este anillo.

Así que alguien muy cercano a mí o ella misma tuvo que tomarlo, y necesito saber qué hay detrás de eso.

—Dile al doctor Esteban que venga. Me quiero ir de aquí ya —le suelto con tono brusco, pero ella solo asiente y se marcha.

También está como si no supiera qué hacer; pero todo empeora cuando al doctor se le ocurre llevarme la contraria y decirme que no me puedo largar hasta que camine por mí mismo.

El problema… es que no puedo hacerlo.

Dos días pasan en este infierno y aunque estoy plenamente consciente, mis piernas siguen pesadas. Casi no puedo moverlas. Apretar los dientes y maldecir no me ha servido de nada. Quejarme, vociferar. El doctor Esteban parece preocupado; al principio creyó que era normal, pero ahora…

—La inflamación ya bajó —murmura—. Deberías tener más fuerza.

—No voy a caminar con “deberías”, Doc —gruño con impaciencia.

—Será mejor que te hagamos nuevos estudios, voy a ordenar una tomografía.

Otra hora, más tieso que un muerto dentro de la condenada máquina, y para cuando el doctor vuelve a mi cuarto con los resultados se ve más nervioso que de costumbre.

—Tienes una vértebra comprimida —me informa, intentando sonar neutro, pero lo noto. Lo noto en su cara, en sus palabras cuidadosamente escogidas.

—¿Qué significa eso? —le gruño, sin ningún esfuerzo por disimular mi frustración.

—El accidente también dañó tu columna, Logan. Por suerte no de la peor manera, pero es posible que necesites una cirugía de descompresión lumbar para que puedas volver a caminar.

—¡Pues hágala! —exclamo impaciente y lo veo negar.

—Lo siento, ahora no podemos.

—¡¿Cómo que no?! —¡Uy, aquí van a rodar cabezas!

—Acabas de tener varias cirugías mayores en las últimas semanas. Has estado expuesto a más anestesia que muchas personas en toda su vida. Vas a tener problemas de sueño, de circulación, de todo lo que se te ocurra hasta que tu cuerpo sane lo que de momento puede sanar, así que ningún médico en su sano juicio se arriesgaría a meterte al quirófano de nuevo tan pronto. ¿Te quieres morir? —me espeta porque conociéndome de toda la vida ya sabe cómo lidiar conmigo—. Si te quieres morir me dices ¿eh? y yo mando a preparar el quirófano ahora mismo.

Sus palabras son como una bofetada. No quiero pasar ni un segundo en esta condición. ¡Maldita sea! ¡No soy un inválido! ¡Esto no es para mí!

—Entendido, hermano. Buscaré una de inmediato.

—Yo… bueno… yo debería ir a mi casa y… —empieza a decir Liliana en cuanto llegamos al estacionamiento y levanto una ceja interrogante en su dirección.

—Allá precisamente vamos, a tu casa, porque mi casa es tu casa ¿no es así? ¿esposa? —la increpo y veo lo nerviosa que está, pero eso solo aumenta mi determinación.

Vincent la ayuda a subir a la camioneta y durante todo el camino hacia la hacienda parece asustada, desorientada. No sé qué se trae entre manos, pero definitivamente no le voy a poner las cosas fáciles.

Cuando por fin llegamos a la hacienda la molestia me invade. Este es mi reino, pero siento como si ya no pudiera dominarlo.

Salma, mi ama de llaves desde hace años, me recibe en la entrada con una expresión angustiada.

—¡Mi niño! —dice dándome un abrazo—. ¡Bienvenido a casa!

—Gracias, Salma —le contesto, intentando no sonar tan gruñón. Pero su expresión cambia cuando ve a Liliana, y su rostro refleja una sorpresa que me confirma mis sospechas.

—¿Y esta preciosa jovencita quién es? —pregunta mirando a Liliana y luego a Anthony y a Vincent.

—Eso mismo quisiera saber yo —sonrío mirándome hacia ellos porque esto solo confirma mis sospechas—. Liliana, ¿me quieres explicar por qué la persona que sabe absolutamente todo de mi vida no te conoce?

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