CAPÍTULO 12. El peor monstruo
Liliana
Abro los ojos, todavía medio aturdida. La luz del cuarto es suave, pero a pesar de la tranquilidad de la habitación, una sensación de alerta me recorre. El doctor Esteban está a mi lado, sonriendo con amabilidad mientras revisa mi presión.
—Liliana, estás recuperándote bien, pero tienes que descansar —me dice con suavidad, y yo asiento, aunque algo en mí me grita que no puedo relajarme. No aquí.
—Gracias, doctor —murmuro y mi mirada se dirige hacia la puerta. No quiero estar aquí sola.
Apenas el doctor Esteban sale, me incorporo en la cama. El señor Greñitas puede ser un ogro, pero mi instinto avisa que a su lado el doctor Ryker no puede tocarme… Pero como si lo hubiera invocado con ese pensamiento, la puerta vuelve a abrirse y mi estómago se revuelve cuando lo veo entrar, cerrando con seguro detrás de él.
Se acerca a mi cama y en su rostro veo una furia apenas contenida. Sé que no esperaba que Logan despertara. Eso no entraba en sus planes, y ahora probablemente solo quiera asegurarse de que yo no abra la boca.
—¡Tú y tu m*****a necesidad de meter las putas narices donde no te llamaban! ¿Verdad, Liliana? —me susurra, inclinándose sobre mí y yo no tengo a dónde más retroceder.
Su voz es baja y venenosa, y noto el temblor en mis propias manos.
—¡Si no le hubieras hecho la maldit@ donación, ahora estaría tres metros bajo tierra, así que esto es tu culpa! —Su mano presiona mi herida, y siento un dolor punzante que me hace gritar.
Ryker me cubre la boca antes de que el sonido salga, callándome, mientras el dolor atraviesa mi abdomen.
—Espero que no se te ocurra decir ni una palabra de esto al idiota de St Jhon. Miente si tienes que mentir y procura que te crea, ¡porque te juro que si te escapas todo va a ser peor para ti!
Mis ojos se llenan de lágrimas, y trato de sacudir la cabeza en señal de rendición, porque entiendo que no va a detenerse hasta que esté seguro de mi silencio.
—Eres demasiado bonita para terminar en una bañera con hielos… ¿no es verdad, Liliana? —me susurra en tono amenazante.
Me cuesta respirar, y mi mente da vueltas. Él me suelta bruscamente y me hago un ovillo en la cama. No puedo evitar un sollozo ahogado cuando la puerta se cierra. Quiero salir corriendo de este lugar, escapar de este monstruo, pero ¿a dónde iría? No tengo a nadie, no tengo dinero y estoy aterrorizada.
No quiero morir a manos de alguien como él.
No sé si pasan horas o minutos, solo que la puerta vuelve a abrirse, y trato de secarme las lágrimas cuando veo a Anthony entrar. Su expresión cambia al notar mi rostro, y me mira con una mezcla de preocupación e impotencia.
—Liliana, ¿estás bien? —pregunta suavemente, y yo trato de recomponerme.
—Sí… es solo… estoy cansada —logro decir, aunque sé que mi voz tiembla.
Anthony se acerca y coloca una mano en mi hombro, con un gesto que me transmite una paz momentánea.
—Logan quiere verte. Sé que parece… un poco, bueno, difícil —murmura, con una sonrisa que casi me saca una risa amarga—, pero sabes que es una buena persona. Tienes que saberlo para haberte casado con él. Solo está desorientado.
Le hago un gesto de afirmación porque no es como que tenga más opciones, y Anthony me acompaña hasta la habitación de Logan. Lo veo recostado en la cama, y sus ojos se clavan en mí en cuanto entro, analizándome de una manera que hace que todo mi cuerpo se estremezca.
Esa frase me golpea más de lo que quisiera admitir, y apenas logro sostener su mirada. Me observa de arriba abajo casi con desprecio, y mi corazón se hunde porque Logan es exactamente lo que aparenta ser: un hombre despiadado, soberbio, arrogante…
¿A qué clase de ser humano le salvé la vida?
—Bueno… al parecer mi hígado sí fue tu tipo —respondo con una sonrisa amarga—. Supongo que eso tendrá que bastar.
Veo la forma en que su labio superior sube sobre sus dientes con una mueca feroz y alarga una mano.
—Dame el anillo.
Lo miro confundida hasta que comprendo. Me quito lentamente el anillo de compromiso de su madre, ese que casi hace que me maye con sus propias manos, y se lo entrego.
Siento cómo sus dedos rozan los míos. Es un contacto fugaz, pero algo en mí se estremece y Logan parece notarlo también, porque sujeta mi mano de inmediato. Entrelaza sus con los míos, mirándome con una expresión confusa, como si tratara de recordar.
—¡Maldición! —gruñe sin soltarme. Frustrado. Furioso. Parece un maldito dios de la guerra al que le han negado una masacre.
Así debe sentirse para él no conseguir respuestas, y lo pero de todo es que sé que no las conseguirá de ninguna manera; que no puede recordarme por más que lo intente, sencillamente porque no me conoce.
—Bien… —murmura por lo bajo—. Si dices que eres mi esposa entonces te voy a creer, espero que tengas las habilidades básicas para comportarte como una.

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