TOMO 3. CAPÍTULO 150. Horas en el infierno
Logan
Todo pasa tan rápido que apenas puedo pensar. Cuando veo a Liliana tropezar y caer al suelo, siento un impulso desesperado de correr hacia ella. No importa quién esté mirando ni grabando, ni que los abogados y los oficiales estén gritándose. Solo puedo pensar en llegar a su lado.
El raspón en su tobillo no parece grave, pero verla en el suelo me revuelve el estómago. Me agacho junto a ella y la tomo en brazos antes de que pueda decirme que no lo haga.
—Esto no se va a quedar así —murmuro, mirando a los policías con odio—. Lo primero que tendrá el capitán sobre su escritorio es una demanda por brutalidad policial. Se lo garantizo.
Uno de los agentes, un tipo con cara de pocos amigos, suelta una carcajada seca.
—Esto está muy por encima del nivel de paga del capitán, señor. Así que creo que su demanda no servirá de nada.
—Ya lo veremos —gruño y no pierdo más tiempo discutiendo.
Cargo a Liliana hasta la sala de interrogatorios que nos indican, ignorando las miradas de todos a nuestro paso. Ella está en silencio, pero puedo sentir la tensión en su cuerpo. Está furiosa y cansada, aunque no lo admitiría ni bajo tortura.
Cuando llegamos, un detective intenta que salga de la sala y yo le regalo una sonrisa suficiente.
—Sí, bueno… eso no va a suceder —le digo.
Por suerte, mis abogados están detrás de mí como una turba organizada, encabezados por Bradshaw.
—La señora Valencia no dirá ni una palabra sin la presencia de sus abogados —advierte este.
—Y el señor St Jhon también tiene derecho a permanecer aquí, dado que está legalmente asesorando el caso —sentencia otro.
—Y cualquier irregularidad en el proceso será utilizada en contra de la policía.
Los detectives nos miran con una mezcla de frustración y resignación, pero no pueden hacer nada. Me siento junto a Liliana y le pongo una mano en el brazo. Ella no reacciona al principio, pero luego el interrogatorio comienza.
Loa detectives hacen una pregunta tras otra y Bradshaw le recuerda a Liliana cada cinco segundos que no tiene que responder.
Las frases del día son: “Mi clienta no está obligada a contestar”, o “No respondas a eso”.
Finalmente cuatro horas después, siento que Liliana apoya la cabeza en mi hombro y cierra los ojos.
No le importa quién hable, ni lo que digan. Está en otra parte. Pero cuando uno de los detectives menciona a los trabajadores, eso la despierta.
—¿Están siendo bien tratados? —pregunta, con la voz firme pero cargada de preocupación y el detective la mira con desprecio.
—Empezaremos a deportarlos esta misma noche.
Liliana levanta la barbilla y lo fulmina con la mirada.
—No lo creo. Si los deportan, ¿cómo van a probar un caso en mi contra?
El tipo no tiene respuesta. Se pone de pie bruscamente y sale de la sala, frustrado. Yo lo sigo con la mirada y luego suelto una maldición.
—Esto es un maldito circo —digo en voz baja.
—Liliana…
—Eso es todo lo que quiero. Quédate.
La desesperación me consume. No sé cómo manejar esto. Me acerco más a ella, intentando encontrar algo en sus ojos que me dé esperanza.
—¿Por qué me haces esto? —murmuro, más para mí que para ella.
Liliana no responde y yo me inclino hacia adelante y la beso, sin pensar. Es un beso desesperado, lleno de todo lo que no sé cómo decirle, pero para mi sorpresa, no se resiste.
No sé cuánto tiempo pasa, pero cuando nos separamos, siento que algo ha cambiado. No sé qué, pero lo siento.
—Me voy a quedar… —susurro abrazándola—. Pero te voy a sacar de aquí aunque tenga que cargar con la culpa de toda esta mierd@ ¿entiendes?
Y no sé si eso es lo que quiere, pero no me importa.
Las siguientes veinticuatro horas son un infierno.
Los detectives van y vienen, intentando presionarla, pero Bradshaw no les da un segundo de tregua. Yo paso el tiempo junto a Liliana, viendo cómo se desarrolla este espectáculo absurdo. Cada vez que alguien entra en la sala, siento que mi paciencia se agota un poco más.
Liliana permanece en silencio casi todo el tiempo. Solo habla para preguntar por sus trabajadores, o para pedirme que pregunte por los niños.
“Dime que ella está bien” es lo único que pregunta Arthur cuando me responde al teléfono.
—Dime que los bebés están bien —respondo a mi vez, porque eso es lo único que Liliana quiere saber.

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