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IMPERDONABLE romance Capítulo 152

TOMO 3. CAPITULO 152. Un asunto personal

Logan

Salgo de la sala de interrogatorio con el corazón latiéndome a mil por minuto. La memoria USB en mi bolsillo parece pesar una tonelada. Camino rápido y alcanzo a Bradshaw, que está rodeado de papeles y llamadas, siempre eficiente, siempre preparado para una batalla legal; y esta vez sí que voy a cargarlo con una grande.

Le entrego la memoria y le digo:

—Míralo ya.

Bradshaw conecta el dispositivo a su laptop mientras nos apartamos hacia un rincón, saliendo de los pasillos de la comisaría. Sus dedos se mueven con rapidez, abre carpetas, y cuando ve lo que hay dentro sus cejas se alzan y su expresión cambia de una mezcla de sorpresa a incredulidad.

¡Y yo no estoy mucho mejor!

—¿Estos son... documentos legales? —pregunto sin poder lo que veo.

—Sí… Todos los trabajadores de Liliana tienen sus papeles en regla. Residencias legales, permisos laborales. ¡Todo está ahí! —dice como si fuera el absurdo más grande del mundo—. ¿Entonces por qué demonios los ocultó? —pregunta, frotándose la sien y yo caigo en cuenta de por qué ella ha estado tan tranquila: porque realmente permitió todo esto.

—Porque esto no se trata solo de salvar a sus trabajadores. Se trata de hundir al comisionado. Está jugando al ajedrez y acaba de ponerlo en jaque. Necesitaba el escándalo, necesitaba tiempo para poder demostrar que toda esta “redada” la hicieron sin tener pruebas contra ella.

Bradshaw me mira unos segundos, procesando lo que acabo de decir, y luego asiente.

—Bien. Entonces preparemos la demanda. ¡No podemos perder ni un segundo más!

Empieza a dar órdenes a su equipo mientras yo me aparto para dejarlos trabajar, y mis ojos vagan por la comisaría tratando de encontrar a Vincent. Lo veo al otro lado del vestíbulo, discutiendo con alguien por teléfono, que probablemente sea alguno de mis otros hermanos o mi padre.

—¡Maldito estúpido, ¿pusiste tus negocios en riesgo?! —me increpa.

—¿Puse los tuyos?

—No, pero…

—Entonces no me regañes que yo sé lo que hago, ¡por una vez! Así que vamos a aprovecharlo. Ahora hay algo más urgente. —Él levanta la mirada hacia mí y yo pongo una mano en su hombro—. Necesito que llames a todas las televisoras. Tenemos pruebas de que Liliana fue arrestada injustamente así que esto tiene que estar en cada canal, en cada página, en cada pantalla.

Él me mira, evaluando si hablo en serio, y luego asiente.

—¿Qué les digo?

—Diles que es el escándalo del año, y que no se lo puede perder.

—Considéralo hecho —me dice y Vincent ya está marcando otro número mientras yo vuelvo con Bradshaw.

La demanda está lista en tiempo récord, y nos dirigimos al Ayuntamiento con el maletín lleno de documentos.

No me sorprende que cuando llegamos la policía intente detenernos en la entrada. Dos oficiales bloquean el paso, cruzando los brazos frente a nosotros.

—Nadie entra sin autorización —dice uno de ellos, pero antes de que Bradshaw pueda siquiera abrir la boca, una figura imponente aparece detrás de ellos.

Liliana levanta la barbilla, su voz es clara y firme:

—Que incluso para personas corruptas y sin sentido común tiene que haber un punto en que digamos “Basta” —declara con fuerza—. Exijo que se me presente una prueba concreta para justificar la acusación que sufrí. Exijo que la corte revise paso a paso el procedimiento judicial que llevó a mi detención y a la de cientos de trabajadores, y quiero que el Comisionado de esta ciudad responda por qué provocó todo esto.

La periodista no se detiene.

—¿Está acusando al comisionado de corrupción? —la increpa y Liliana no pestañea.

—Eso es exactamente lo que estoy haciendo, porque puedo garantizarle que jamás se presentó contra mí una prueba obtenida de manera legal. Así que obviamente está usando su posición para tratar de hundirme.

La multitud murmura, los flashes de las cámaras iluminan su rostro y la periodista lanza otra pregunta:

—¿Cree que el comisionado está aliado con su competencia en el mercado, señora Valencia?

Pero Liliana sonríe con sarcasmo.

—¿Competencia? Esto no es por la competencia. Esto es personal.

La periodista está a punto de preguntar algo más, pero Liliana me mira. Es una mirada que conozco, una que me hace sentir como si estuviera esperando que demuestre todo lo que he estado repitiéndole hasta el cansancio.

—Es una represalia —digo y mi voz resuena contra el micrófono, dejando a todos mudos—. Una represalia orquestada por mi esposa, Carolina LaRossa, la hija del comisionado.

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