CAPÍTULO 17. Un error
Logan
El ambiente se carga de un pesado silencio y solo cuando veo que las miradas de todos se concentran en mí, comprendo lo que acaba de salir de mi boca.
“Liliana es alérgica a la vainilla”.
¿Cómo sé eso?
Por las caras a mi alrededor adivino que ellos tampoco lo sabían. Mis ojos se cruzan con los de Liliana, que me mira confundida y con brillo… extraño en los ojos.
No lo entiendo, no la conozco pero sé cosas sobre ella que no deberían estar en mi cabeza.
“Es alérgica a la vainilla”.
“Tiene una granja de fresas”.
“No pudo terminar la universidad porque su madre enfermó”.
¿De dónde demonios saco esa información? ¿Será verdad que me casé con ella y solo no puedo recordarla?
Gruño contrariado y Vincent me palmea el hombro con expresión de alivio.
—¿Ves, pedazo de idiota, que al final sí te vas a acordar de ella?
Ni siquiera sé qué le respondo, solo que el ambiente se aligera enseguida, Anthony le entrega a Liliana un helado de chocolate y como si quisiera quitarme le mal humor, mi hermano cambia de tema.
—Ven, tu silla de ruedas eléctrica llegó. Mejor te subes en ella de una vez a ver si dejas de ser tan fastidioso.
Perfecto. Al menos no tendré que depender de nadie para moverme por esta maldit@ hacienda.
Reviso el cachivache y aunque no me gusta, sí me gusta. Ya sé que es contradictorio, pero si no tengo más remedio que moverme en esto por un par de meses, entonces al menos uso la mejor del mercado.
Me levanto para cambiarme y siento alivio de ser capaz de mantenerme de pie. No tengo fuerzas para caminar, pero mi inutilidad no es tan severa. Me siento en la silla y me gusta que sea alta, y encima yo soy alto, así que casi casi voy a poder mirar a la enana de Liliana directo a la cara cuando vaya a discutir con ella.
Y hablando de… ¿dónde diablos está?
Se supone que debería ser mi sombra por si la necesito, pero después de unos minutos de dar vueltas por la casa, la frustración me consume. ¡No puede ser que todo de ella me moleste, hasta su condenada ausencia!
—¿Dónde demonios se metió? —gruño dirigiéndome a mi habitación, y apenas entro escucho ruidos en el cuarto contiguo.
Entro sin tocar, listo para reclamarle, pero me detengo en seco al verla.
Está frente al espejo de su vestidor, con nada más que un juego simple de ropa interior que me hace imaginar el resto en un segundo. No tiene nada de provocativa y aun así sus curvas son perfectas al punto de hacerme pasar saliva… Es una mujer hermosa, muy hermosa, hasta que notas la cicatriz en su abdomen. Es lo único que rompe esa perfección, una larga cicatriz enrojecida, como si todavía estuviera luchando por sanar.
Por alguna razón, la imagen me golpea. Por ahí la cortaron para sacarle el trozo que me pusieron a mí. Y aunque en general no confío en ella, no puedo evitar pensar en qué es lo que causa esa tristeza enorme en sus ojos.
—¿Te arrepientes? —pregunto y veo la sorpresa y la incomodidad en sus ojos cuando me descubre.
Trata de cubrirse pero el suéter es estrecho y los movimientos le arrancan un gesto de dolor.
—¿Qué haces aquí…?
Pero de alguna forma ya lo hicieron, porque la noche llega y yo no puedo dormir. Por alguna razón, no puedo sacarla de mi cabeza, y solo tengo que sentarme en mi cama para verla acurrucada en el sofá.
Parece tan frágil, y me desespera no poder distinguir si de verdad lo es o si será parte de su fachada?
Apenas duermo, y para rematar el doctor Esteban envía a una nueva fisioterapeuta en la mañana. Es una mujer joven y hermosa, de sonrisa amplia y coqueta; y yo juraría que me mira con deseo como Liliana la mira a ella sin emociones.
¡No le importa! ¡No le importa nada y eso solo hace que me enoje más! ¡Si de verdad fuera mi esposa no querría que ninguna otra mujer me tocara! ¿No es cierto?
—Espero que tengas una buena sesión —me dice.
—¿No quieres venir a asegurarte de que no te quiten lo que es tuyo? —siseo con ironía, pero en sus ojos no hay ninguna cuando me mira a los ojos.
—Tú nunca has sido mío.
La veo darse la vuelta y desaparecer por uno de los corredores, y maldigo en silencio mientras me voy a hacer la condenada fisioterapia.
Una hora de sufrimiento innecesario, esta mujer no puede conmigo, para niños serviría, pero para alguien de mi tamaño es una inútil.
—No vuelvas más. Dile a Esteban que mande a un hombre —espeto al final de la sesión y ella me lanza una mirada ofendida, pero no me importa.
Se marcha en silencio, y yo me quedo con esa frustración desesperante que parece que solo me puedo sacar peleando con Liliana. La busco por toda la casa, pero al final me cruzo con Vincent.
—¿Dónde carajos está Liliana? —lo increpo y su respuesta me deja sin aliento.
—Se fue.

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